El 2 de abril de 1977, una joven secuestrada por la dictadura militar argentina, que menos de un mes antes había cumplido 21 años, tuvo una hija en el Hospital de Quilmes. La joven fue asesinada algo más de una veintena de días después. Su hija nunca fue encontrada. Sin embargo, la historia estuvo rodeada de un manto de ocultamiento e intriga.

Ayudemos a identificarlos...

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lunes, 22 de junio de 2009

Capítulo 4 - El tercer Gobierno de Perón

Capítulo 4
El tercer gobierno de Perón



Cámpora al Gobierno
Después de que se impusiera cómodamente en los comicios del 11 de marzo de 1973 la fórmula Cámpora-Solano Lima del Frente Justicialista de Liberación Nacional, el país debería transitar por un ajetreado período hasta que la asunción del nuevo presidente constitucional se concretara.
A veinticuatro horas del triunfo en los comicios, Perón planteó desde Madrid: “Al desaparecer su causa, desaparecerá la guerrilla”, en un claro mensaje a las “formaciones especiales” que había alentado hasta entonces.
Sin embargo, el pico de mayor tensión en el período de transición estuvo dado en el mes de abril, cuando todas las agrupaciones revolucionarias realizaron acciones tendientes a dejar en claro a la dictadura saliente que no estaban dispuestas a tolerar una inesperada reacción que evitara la llegada del tercer gobierno peronista al poder.
Finalmente, el viernes 25 de mayo, Héctor Cámpora tomó posesión de su cargo en una jornada de fiesta popular, donde incluso la Juventud Peronista fue la encargada de garantizar la seguridad en la Plaza de Mayo, la Plaza de los Dos Congresos, y la Avenida de Mayo, que unía a ambas.
“Se va, se van, y nunca volverán” se oía entonar a la multitud, mientras que se les impedía a los militares realizar los ritos que habían preparado para la ocasión. Y gigantescos estandartes de FAR y Montoneros decoraban la Plaza de Mayo, junto a las banderas rojinegras de la JP.
En esa misma jornada, los presos políticos alojados en la cárcel de Villa Devoto fueron liberados, mediante una amnistía que rápidamente se avendría a ratificar el Congreso. La euforia era total, pero las diferencias entre las agrupaciones peronistas y las guevaristas comenzarían a marcarse cada vez más claramente a partir de entonces. Sin embargo, no podrían socavar las ilusiones puestas en Perón por la mayoría de los argentinos, las cuales se disiparían por si solas un año más tarde cuando los aparentes éxitos económicos de los primeros doce meses de gobierno se diluyeran.
Los 49 días que Cámpora permanecerá en el Gobierno permitirán, al menos, evidenciar la compleja composición del peronismo, no sólo a través de la conformación de su gabinete, donde convivían representantes de la izquierda, del empresariado nacional, y del sindicalismo, así como de la más rancia derecha. La diversificación de las relaciones diplomáticas del nuevo gobierno con países comunistas, será otro de los datos. Claro que las promesas preelectorales de reforma agraria, nacionalización de los depósitos bancarios y del comercio exterior, o la socialización de la economía mediante la incautación estatal de empresas monopólicas no llegarían a concretarse.

Somos apolíticas
No era una fiesta propiamente dicha, sino más vale un encuentro familiar, pero los dos hechos coincidían ese 11 de marzo: Silvia cumplía los 17 años, y Cámpora lograba el triunfo electoral, con una diferencia contundente sobre el resto de los candidatos.
El clima no podía ser otro que el de algarabía en aquella familia peronista por sentimiento, más que vocación electoral, donde, además, Jorge Sánchez, el marido de Rosa, exhibía un alto grado de compromiso militante, desplegado a lo largo de la campaña preelectoral del peronismo.
Ajena totalmente a ese clima, Silvia charlaba con Camila, y comentaba lo surrealista que la escena se presentaba a sus ojos. Llegó, entonces, un momento en que ninguna de las dos pudo evitar soltar la carcajada, mientras que los demás derrochaban una bulliciosa alegría.
-¿De qué se ríen? –debe haber preguntado alguien.
-De ustedes –es probable que se haya despachado Silvia, con la cándida irreverencia que la caracterizaba, para asegurar después: -Nosotras somos apolíticas.
Los López Mateos también festejaban, y es que ellos también habían hecho lo suyo, no sólo para lograr arrancarle a la dictadura de Lanusse el compromiso de llamar a elecciones, sino para la campaña que llevó al “Tío”1 a la presidencia.
Los dos varones eran los más comprometidos y habían participado activamente en el trabajo en el barrio. Aunque en especial Carlos había alcanzado un nivel de madurez y compromiso, a sus casi 23 años, que asombraba a su propio hermano.
Luis no podía dejar de admirar la constancia del más chico, al que consideraba ya entonces “un tipo brillante en todos los aspectos, pero en especial en lo político”.2
A los ojos de su hermano, Carlos tenía algo que era imprescindible en todo aquel que quisiera un cambio en la sociedad hacia un modelo más equitativo, como el socialismo nacional que, estaba convencido, el tercer gobierno peronista traería: había cambiado él primero.
Carlos no daba el ejemplo, era ejemplo para los demás por una convicción enraizada en lo más íntimo de su ser. Su militancia tenía lugar de lunes a lunes, y quien lo necesitara podía encontrarlo para lo que fuera: colaborar con un comedor, hacer zanjas, o levantar una casa, que eran, en general, las tareas que, además, realizaban otros miembros de la Juventud Peronista por entonces.
Estudiaba, trabajaba, y ayudaba, las tres cosas por igual, dejando tiempo para militar, aunque la militancia la realizara en todas las actividades de su vida, con el convencimiento de que las teorías políticas debían multiplicarse en la práctica.
Luis ya por entonces no podía dejar de sorprenderse, y prefería, incluso, tomarse a risa las críticas de su hermano menor.
-Vos tenés un déficit ideológico –le decía Carlos, cuando Luis le dedicaba tiempo a lo que él mismo consideraba como “un poco de vagancia”.

En la legalidad
La agrupación Montoneros debía adaptarse a la legalidad en que tendría que moverse a partir de la llegada del peronismo al Gobierno, dado que ése había sido el principal motivo de su lucha, en el marco de su esquema para alcanzar un “socialismo por etapas”.
Fue entonces que se hizo necesario a la organización crear una serie de agrupaciones de masas que se adaptaran a cada una de las necesidades reinantes, y que se conocerán como “organizaciones de superficie”: La Juventud Universitaria Peronista (JUP) orientada a las universidades, la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) para el trabajo en el nivel medio de la enseñanza, la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) una alternativa al sindicalismo ortodoxo dentro del movimiento peronista, el Movimiento de Villeros Peronistas (MVP), la Agrupación Evita, de la Rama Femenina, y el Movimiento de Inquilinos Peronistas, que en conjunto, y sumadas a la Juventud Peronista, dividida en regiones y abocada al trabajo en los barrios, conformarán lo que se conocería como la Tendencia Revolucionaria del Movimiento peronista.
Poco después se presentará la primera oportunidad de peso para que la Tendencia mida fuerzas con el otro sector fuerte del Movimiento: los sindicatos. La ocasión estará dada en el marco de la campaña presidencial de Juan Domingo Perón, el 31 de agosto de 1973. Ambos sectores desfilarán frente al palco ocupado por el viejo líder.
162 minutos demandará a las organizaciones de la izquierda peronista la recorrida, tres menos que los que requirieron las agrupaciones sindicales. La diferencia, sin embargo, radicará en que mientras los primeros decidieron su participación apenas cuarenta y ocho horas antes del acto, los segundos necesitaron un mes de organización y una inversión de 300 mil dólares.3
“Como 'movimientistas', los montoneros aún dependían de que Perón y su movimiento fueran verdaderamente revolucionarios, pues sus medios de avance político –una purga de los “burócratas” y “traidores” del Movimiento, y su rejuvenecimiento generacional, tal como lo había prometido Perón- eran pasos que ellos podían reclamar, pero no conseguir por cuenta propia”.4
Lo que para muchos, incluso dentro del Movimiento ya era visible en 1973, no terminará de quedar claro para las agrupaciones de izquierda del peronismo sino hasta un año más tarde: Perón había usado a sus “formaciones especiales” para lograr doblegar a la dictadura, posibilitar su retorno al país, y su acceso nuevamente al poder. Tras el 11 de marzo, ya no le eran funcionales, y manifestaría una y otra vez su desprecio, pero el mensaje no llegará con toda su vehemencia sino hasta el 1º de mayo de 1974.

Ezeiza
El 20 de junio de 1973 fue la fecha elegida para el retorno definitivo de Juan Domingo Perón al país, y para recibirlo, en las inmediaciones del aeropuerto internacional de Ezeiza se montó un palco donde se esperaba que el General hablara a la multitud presente.
Si bien el despliegue de seguridad había sido de proporciones, la derecha peronista monopolizó la organización en la zona de la tribuna, y allí se preparó para recibir a las agrupaciones de la Tendencia a punta de fusil.
Las columnas que marchaban tras las banderas de FAR y de Montoneros fueron atacadas con armas de fuego cuando se acercaban al palco, y la jornada terminó con un saldo sangriento: aunque nunca se conocieron los datos finales, se mencionó la muerte de 25 personas, mientras que se dijo que más de 400 recibieron heridas de distinta consideración.
Carlos, como uno de los responsables de la Columna de la Juventud Peronista de La Plata, estaba entre los pocos que llevaban armas cortas consigo, haciéndose eco de la premisa de los propios organizadores de la participación de la Tendencia en la histórica jornada.
Luis, que lo acompañaba, fue el primero en percibir que, desde su puesto, uno de los francotiradores que formaban parte del “comité de recepción” de la fracción más reaccionaria del peronismo les apuntaba. No lo dudó: tomó a su hermano de la cabeza y lo arrojó al suelo.
La reacción de Carlos no se hizo esperar tampoco, y lanzó una ráfaga de insultos, porque cubriéndolo con su cuerpo como estaba, Luis no le permitía sacar el arma y defenderse. Sin embargo, así permanecerían hasta terminado el primer tiroteo.
El mayor de los López Mateos había visto a otro de los militantes presentes caer al suelo tras recibir un impacto de bala en la pierna, y no vaciló en proteger a su hermano. Después habría tiempo de reflexionar y darse cuenta que no había tenido la reacción propia de un “compañero”, y sí la de un padre.
Lo cierto es que él, inconscientemente, no podía dejar de ver a su hermano menor, aunque la diferencia fuera de apenas cuatro años, como un chico.
Luis había sido prácticamente el encargado de criar a ese hermano, que era entonces para él una confusa mezcla de hijo y compañero de militancia, y del que pese a ser el menor de los dos, constantemente le estaba dejando enseñanzas que le quedarían luego grabadas toda la vida.
Carlos era pura convicción, un despliegue de férrea voluntad para defender sus valores, pero al mismo tiempo, un ser de un amor inconmensurable. Una combinación de muchos pequeños detalles que hacía que su madre y sus hermanos lo tuvieran como el mimado de la familia.
En el verdadero “campo de batalla” en que se habían transformado los bosques de Ezeiza próximos al palco oficial, la semilla de muchas reflexiones que haría después comenzó a germinar dentro de Luis.
En lo demás, la jornada fue un desastre absoluto, y quedó a una distancia abismal de la fiesta que el peronismo en pleno pensaba concretar, para recibir a su líder exiliado que volvía al país tras casi dos décadas de ausencia.
Finalmente, el avión en que Perón retornaba fue desviado a raíz de los incidentes, y al atardecer aterrizó en la base aérea militar de Morón. Cerca de un millón de personas que habían ido a recibir al líder tras su largo exilio, fueron parte de la desbandada.
El presidente Cámpora, que ya había recibido una dura reprimenda en Madrid, cuando fue a buscar a Perón para acompañarlo en el viaje de retorno, por “haberse dejado influenciar por elementos de izquierda”, transitaría en lo sucesivo un deslucido Gobierno. Ya en Argentina, Perón comenzó a recibir en su casa de la calle Gaspar Campos a representantes de distintos sectores, empresariales, políticos, e incluso militares, casi como si fuera él quien gobernaba el país.

Perón-Perón
La renuncia de Héctor Cámpora el 13 de julio de 1973 conmovió al país entero, pese, incluso, a que durante la campaña electoral previa a su triunfo se agitaba el lema: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, así como también a que durante toda su corta presidencia se habían oído rumores anticipando la dimisión. Nadie esperaba que fuera tan pronto.
Solano Lima también presentó su renuncia, y el presidente provisional del Senado fue enviado en una curiosa y nunca aclarada misión a Europa, dejando así al presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, yerno del ministro de Bienestar Social, José López Rega, como titular del Ejecutivo Nacional en forma transitoria.
Lastiri introdujo dos cambios en el gabinete ministerial, sin afectarlo grandemente, y lanzó la convocatoria a elecciones.
En el interregno hasta los comicios, las agrupaciones de la Tendencia realizaron algunos actos públicos, mientras que el guevarista ERP protagonizó una escalada con el intento de copamiento del Comando de la Sanidad, que finalmente desembocó en la detención de sus autores, rodeados por efectivos policiales y del Ejército.
Perón anunció que su compañera de fórmula sería su esposa María Estela Martínez, conocida como “Isabelita”, y la campaña electoral siguió adelante sin actos proselitistas debido, en parte, a que nadie dudaba del triunfo de Perón, y a que, además, con excepción del radicalismo, los partidos de oposición se habían retirado de la contienda anticipadamente.
El 23 de septiembre, la fórmula Perón-Perón se llevó el 62 por ciento de los votos, abriendo paso a un nuevo período de tensión.
Una jornada más tarde, la jefatura de la Policía Federal era asumida por el general retirado Miguel Ángel Iñiguez, y se declaraba la ilegalidad del ERP. Dos días después, veintitrés impactos de bala terminarían con la vida de José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT, sin que ninguna agrupación se atribuyera el hecho.
La izquierda peronista seguía confiando en el viejo líder de 78 años, que el 12 de octubre asumiría la presidencia, solicitando colaboración a todos los sectores, abogando por la paz y la tranquilidad para llevar adelante las medidas que el país necesitaba. El discurso lo dio amparado en una caja de vidrio blindado.

La legión
Después de haber repetido el año anterior, Silvia eligió recursar su tercer año en la Escuela Media Nº 2, más conocida como “la Legión”, de 12 y 60. Stella Azar, también cursaría ahí, por segunda vez, su primer año de secundaria.
Ese año marcaría para las dos un estrechamiento de los lazos de amistad, y Camila y otras amigas quedarían un poco más relegadas, aunque para Silvia, su grupo era fundamental, y no podía prescindir de las amigas y los amigos que integraban “la barra”, a quienes consideraba un valioso tesoro.
Ese año de 1973, fue también en el que Silvia se puso de novia con Carlos López, un marplatense que había ido a La Plata a estudiar, y que tenía pareja en su ciudad. Y fue también el año que le permitió a Stella descubrir en su amiga a una persona que la escuchaba y la entendía plenamente, sin hacer distinción de los tres años de diferencia que las separaban en la edad.
Sin embargo, en el transcurso de los meses las dos cosas cambiarían: por un lado, el marplatense, que desde el primer momento había dejado en claro no sólo su situación, sino que, además, la relación con Silvia sería por ese año únicamente, porque al volver al siguiente le tocaba noviar con Stella, se fue al terminar las clases.
La despedida fue todo lo sobria que podía serlo en esas circunstancias, más cuando la pareja la vivió no como el final de una relación, sino como la finalización de un acuerdo previo. Claro que en la soledad de la pareja perdida, Silvia lloraría profundamente.
Con Stella también fue dándose un distanciamiento, aunque en forma más paulatina. Y en ese caso, lo que jugaría el papel central para alejar a las chicas sería la definición política que cada una fuera adquiriendo de a poco, y sin llegar –al menos por entonces- a un importante grado de compromiso. Silvia, que había recogido esa inclinación en el seno de su familia durante toda la vida, y también a través de su hermana y su cuñado, e incluso en el clima propio del barrio, se orientaría hacia el peronismo. Stella, en cambio, “más zurdosa”, según su propia definición y en un todo en desacuerdo con Perón, elegiría la senda del “guevarismo”.
El hecho de que los padres no la presionaran para que continuara sus estudios, como tampoco para que trabajara, propició que Silvia finalmente abandonara la escuela ese año.
En realidad, para ella, como para las demás chicas de la barra, poco era lo necesario para ser felices: algún que otro vaquero, alguna remera como para salir, y cigarrillos. A sus 17 años, Silvia era quizá la más malcriada del grupo, pero lo máximo que pedía era que Concepción, su madre, le comprara la ropa en la tienda La Lucila.
En general, los tiempos eran simples para las chicas, y la vida no les pedía demasiados compromisos, más allá de divertirse y pasarla bien en grupo. Quizá fuera por eso que, como otros, pero él principalmente, Carlos Alberto López Mateos fuera visto como una especie de “tipo raro”.
No lo entendían, les parecía un aburrido, y no comprendían como podía sostener tan férreamente su compromiso militante. Para Silvia, que se reía sin vergüenza de sus propias “barbaridades”, producto de su inocencia, muchas veces y de la mezcolanza del castellano italianizado de sus padres, por el otro, decididamente, Carlos López Mateos era demasiado serio.
Además de sus múltiples actividades en el barrio y en la unidad básica de Sarmiento y Camino General Belgrano, Carlos se había integrado a la Juventud Universitaria Peronista en la Facultad de Derecho donde estudiada, y rápidamente se había convertido en dirigente.
“Antes de desarrollar cuadros con la base en las organizaciones de masas, los Montoneros se mostraban muy selectivos respecto a quienes debían incorporar y a quiénes les servirían solamente para las movilizaciones y las campañas electorales. Sólo los jóvenes peronistas visiblemente capaces eran escogidos para el adiestramiento especializado político y militar que se les daba a fin de prepararlos para su incorporación a Montoneros. Ello significaba que las grandes multitudes que éstos solían movilizar a través de sus organizaciones de masas no podían equipararse con el apoyo numérico para un proyecto político revolucionario”5.
Carlos López Mateos se incorporó a la organización Montoneros, pero siguió siendo en el barrio la cara visible de la Juventud Peronista, una agrupación que si bien era “de superficie” de la agrupación revolucionaria que había enterrado las armas con el triunfo camporista del 11 de marzo 1973, tenía una trayectoria de acción independiente en la resistencia del peronismo.

La Triple A
Si bien con el tiempo muchos estimarán que tuvo su bautismo de fuego en Ezeiza, durante el retorno de Perón, y otros ubicarán como su primera acción el ataque con una bomba al senador radical Hipólito Solari Irigoyen en 21 de noviembre 1973, lo cierto es que la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina, que no se llamaría así sino hasta 1974) había comenzado a gestarse con la llegada de José López Rega al ministerio de Bienestar Social.
El ex cabo de la Policía Federal, que por decreto fue reincorporado a esa fuerza, ascendiendo a comisario general, en un salto de quince graduaciones, utilizó la cartera a su cargo para montar la base de su accionar. El visto bueno, o cuanto menos la indiferencia de la policía conducida por Alberto Villar harían el resto.
El “trabajo” de la Triple A consistía en ataques en forma anónima, aunque claramente atribuibles a la organización, no sólo contra miembros de la izquierda peronista, o las expresiones de superficie de Montoneros. Políticos de todos los partidos, abogados, medios de prensa, e incluso refugiados políticos de los países vecinos formarían apenas una pequeña parte de la larga lista de “blancos” de la agrupación de derecha tolerada por el gobierno de Juan Domingo Perón, y tras su muerte, el de su esposa.
Asesinatos, violaciones, cuerpos dinamitados, y bombas en distintos edificios en una clara señal intimidatoria conformarían parte de las características de la acción de la Triple A.
Andados los meses, entre finales de 1974, y su desarticulación poco antes del golpe militar de 1976, cuando López Rega sea obligado a abandonar el país, la agrupación de derecha será la principal actora en una espiral de violencia indiscriminada que llegará a causar más muertes y daños que las propias organizaciones revolucionarias: el ERP y Montoneros. En su escalada, además, abrirá paso a una modalidad que después será aplicada por los militares: el asesinato de miembros de la familia de un “enemigo”, como una forma indirecta de infligirle un golpe.
Montoneros recopiló información sobre la organización de extrema derecha y conformó con ella un expediente detallado que remitió a los principales referentes de los distintos partidos políticos a mediados de 1975.
Ninguno se hizo eco del minucioso trabajo de recopilación, que sirvió, sin embargo, para que los militares presionaran exigiendo la salida de López Rega del gobierno, en el que para entonces era una figura de ostensible peso, como asesor directo de la viuda de Perón. En el mes de julio de 1975, el ex ministro de Bienestar Social subió a un avión y marchó al exilio.

Desenmascarar al viejo
Durante el gobierno de Cámpora, Perón ya había impulsado el Pacto Social, una medida que si bien no agradó a los sectores de izquierda del partido, fue tolerada con sumisión. Se trataba de un acuerdo entre la Confederación General del Trabajo, máxima expresión obrera, y Confederación General Económica, que nucleaba al empresariado nacional, y por el que el gobierno prometía a la clase trabajadora un aumento de su participación en la renta nacional y el control de precios, a cambio de dejar en suspenso por dos años los derechos de libre negociación colectiva.
Eran tiempos difíciles en materia económica, y la realidad del tercer Gobierno peronista distaba mucho de la que había encontrado el General al asumir su primera presidencia en 1946. Los créditos que la industria nacional necesitaba tendrían que salir de la emisión de moneda más importante de la historia; que sumaría dos veces y media más que la de cien años anteriores junta, según señalará un artículo del diario La Prensa, de septiembre de 1974.
La imagen de un Perón que había llegado para implantar el socialismo nacional comenzaba a resquebrajarse ante los Montoneros, que poco después de la asunción del general como presidente de la Nación en octubre de 1973 se preguntaban: “Y esto, ¿qué es?” en las páginas de la revista El Descamisado.
Se trataba de un documento de la jefatura peronista que constituía una virtual declaración de guerra “contra los grupos marxistas y terroristas infiltrados en el Movimiento”. Y pese a la fingida incredulidad de los miembros de la Tendencia, no podía pasarse por alto que fue el propio Perón que había estampado su firma al pie del documento, y quien, además, lo había anunciado públicamente.
Pero será el Ejército Revolucionario del Pueblo el que haga enfurecer a Perón y mostrar claramente cuál era el proyecto que tenía previsto para con las organizaciones revolucionarias que le habían sido funcionales durante su exilio para golpear a la dictadura de Onganía, Levingston y Lanusse.
Perón impulsó una reforma en el Código Penal, considerablemente regresiva, que los diputados debatirían largamente en el Congreso a mediados de enero de 1974, con una oposición mucho más marcada de los ocho representantes de la Tendencia en las bancas.
Dispuesto a demostrar “quién era Perón”, Mario Roberto Santucho, líder del ERP, decidió llevar adelante una operación militar contra el Regimiento X Húsares de Pueyrredón, en Azul, la guarnición militar más poderosa del país. Y si bien resultó en un fracaso estrepitoso, enardeció al presidente, que un día más tarde, el 20 de enero, vestido con su uniforme de general del Ejército, juró ante las cámaras de televisión que todo el peso de la ley caería sobre los “delincuentes”.
El hecho le dio a Perón la excusa perfecta para deshacerse del gobernador bonaerense, Oscar Bidegain, ligado a la Tendencia, quien fue reemplazado por Victorio Calabró.
Cuatro días más tarde, el 24, los ocho diputados de la Tendencia presentaron la renuncia a sus bancas, cumpliendo así su palabra, luego de anunciar que antes de aprobar la propuesta del general para el Código Penal preferían dimitir. De entre sus reemplazantes, de acuerdo al orden de la lista eleccionaria, sólo dos se contarían como ligados a la izquierda peronista.

Esos imberbes que gritan
Aunque en público intentaban disimular su cada vez más fuerte desencanto con Perón, presentándolo como un revolucionario y antiimperialista, para fines de enero de 1974, y tras la renuncia de los ocho diputados de la tendencia, los Montoneros, no podían evitar las fricciones.
El último día de ese mes boicotearon con su ausencia una reunión del presidente en la Quinta de Olivos porque en ella se darían cita las organizaciones juveniles ultraderechistas del peronismo: la Concertación Nacional Universitaria (CNU) y el Comando de Organización (CdeO).
Poco después, al cumplirse el primer aniversario del triunfo de 1973, en un acto en el colmado estadio de Atlanta, Mario Firmenich, uno de los líderes montoneros señaló en su discurso que el proceso de liberación nacional había sido tergiversado y traicionado por los traidores al Movimiento, y en especial los referentes del sindicalismo. Y destacó que para las organizaciones de superficie era necesario prestar más atención a las tareas organizativas.
Las tensiones existían y cada día que pasaba se hacían más inocultables, por eso, cuando se definió la política a seguir de cara a la celebración del Día del Trabajador el 1º de Mayo, muchas de las agrupaciones de la izquierda peronista en La Plata plantearon que sería mejor no asistir. El grueso de la Tendencia, con 60 mil personas de un total de 100 mil que coparon la Plaza de Mayo, se dio cita.
Pese a que no era la premisa de los organizadores, la Juventud Peronista y Montoneros lograron hacer visibles sus banderas, las cuales sorprendieron a Perón al salir al balcón. Tampoco los referentes de la Tendencia se conformaron con gritar: “Perón, Perón”, y “Argentina, Argentina”, como estaba previsto.
“No queremos carnaval, Asamblea Popular” gritaron, cuando Isabel Perón coronó a la Reina del Trabajo. Seguido de: “Si Evita viviera, sería montonera”. El clima se caldeaba, pero la tensión no llegaría al punto máximo sino hasta que de la multitud surgiera la pregunta: “Qué pasa, qué pasa general que está lleno de gorilas el Gobierno Popular”.
Perón elogió al “sindicalismo argentino” durante cincuenta segundos, y aludió luego a “algunos imberbes que pretenden tener más méritos que los que lucharon durante veinte años”.
La diatriba continuó, aunque ya los representantes de la Tendencia se habían retirado, dejando vacíos dos tercios de la Plaza de Mayo. El viejo líder acusó de infiltrados y de mercenarios al servicio del dinero extranjero, e invocó la necesidad de una guerra interna “si los malvados no cejan”.

Perón ha muerto
Perón revelaba quién era abiertamente, no sólo a los integrantes de la Tendencia, sino a los del Movimiento y quienes habían acompañado con simpatía su llegada al Gobierno por tercera vez.
Una semana después de su pelea con las facciones de izquierda del peronismo en la Plaza de Mayo, el general recibió en la base aérea de Morón a otro militar: Augusto Pinochet, quien apenas ochos meses antes había derrocado al socialista Salvador Allende de la presidencia de Chile, bañando en sangre a ese país.
Los Montoneros fueron aumentando sus críticas hacia Perón, progresivamente, y perdiendo la ingenuidad respecto a la línea de acción del Gobierno, e incluso mencionaron la posibilidad de un “retorno a la resistencia” ante un “ataque del imperialismo”.
Sin embargo, la muerte de Perón el 1 de julio de 1974, y más aún su última presentación de importancia el 12 de junio, en la que denunció un complot imperialista. Sería la base para que uno de los principales referentes de Montoneros, Roberto Quieto, asegurara en un discurso en La Plata que el ya extinto líder “estaba teniendo en cuenta en gran medida las orientaciones y las críticas que nosotros le formulábamos”.

Una reunión política
Camila y Silvia volvieron a encontrarse, y la amistad tan fuerte que las unía sumó un ingrediente más: la política. Aunque claro, de las dos, la primera era la que ya había asumido un grado de interés mayor.
El detonante había sido su amistad con una compañera de estudios, casi diez años mayor, que cursaba como ella en el Normal Nº 3 durante el año anterior. Camila quedó obnubilada por el nivel de militancia de la joven, y comenzó a involucrarse también, participando activamente en una campaña organizada por las Unión de Estudiantes Secundarios (UES), que le valió una distinción en el Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata el 15 de septiembre de 1973.
Tiempo más tarde, en 1975, invitó a Silvia a que transformara su -hasta entonces- simpatía por el peronismo en un compromiso mayor, y juntas participaron de una de las tantas charlas que Carlos López Mateos encabezaba, y en algunos casos, como aquella, organizaba.
La presencia de las chicas en el asado sorprendió al propio Carlos, que las conocía a ambas del barrio, y que hasta es probable ya se hubiera fijado en Silvia. Y el hecho de que le haya participado de inmediato a su madre ese dato, podría contribuir a afirmarlo.
Y es posible que Silvia también haya quedado prendada de ese muchacho al que nadie quería contradecir en la reunión, porque después de escucharlo, todos se aseguraban en un todo de acuerdo con lo que decía.
De Nelly Mateos de López, la noticia de la participación de Silvia y Camila en la reunión pasó a Rosa Isabella Valenzi, que era por entonces la peluquera del barrio, y la atendía en su local, puntualmente todos los sábados.
Ya entonces, Silvia vivía con sus padres en la calle 25, entre 12 y 13, de City Bell. Habían dejado el Club del Sindicato de Telefónicos. En la mudanza, también, Alberto Isabella Valenzi, cambió, aunque sin dejar de ser ese hombre parco en el círculo íntimo, de un metro setenta y cinco de estatura, que sólo se dejaba llevar por la alegría y la jovialidad manifiesta en sus ojos verdes en las reuniones familiares. Para él, la posibilidad de que Silvia se encontrase con las amigas y los amigos de la barra, de los que ya estaba más distanciada por una cuestión geográfica, se hizo más tolerable.
Stella fue una de las que pudo comprobarlo en las ocasiones en las que ambas seguían la telenovela de Claudio García Satur y Soledad Silveyra, o los días de invierno en que tejían juntas, y Silvia realizaba complejas maniobras, zurda como era, para ir sacando cada punto.
Carlos estaba más comprometido que nunca en la actividad política. Era el encargado de coordinar las juntas de delegados barriales que reunían a militantes de Gorina y de distintos puntos de City Bell, que conformaban, además, el círculo más estrecho con el que trabajaba.
Sin embargo, se encontraba con lo que para él era una dificultad, aunque muchos otros dirigentes pudieran haberlo apreciado: lo que decía era casi como una verdad incuestionable, y eso lo irritaba sobremanera.
-¿Por qué está todo bien, porque lo dije yo? Si yo me equivoco, perdemos todos... –insistía, y entonces volvía a pedirles a los que asistían al encuentro que dieran su opinión, y que tomaran distancia de lo que él mismo había dicho.
Carlos se empecinaba en formar personas capaces de tomar sus propias decisiones, de elegir, de criticar, de rebatir sus posturas.
Su hermano Luis veía en ese trabajo con la gente, que ya entonces venía de larga data, una de las claves en la formación de un dirigente. Consideraba imprescindible que “mamara”, decía, “el amor por la gente, por el barrio, que el poder se construya desde abajo”.
“Un dirigente sin el respaldo de la gente, al pasarlo a una estructura militar, cambia. No se ganó trabajando el poder que alcanzó, sino tirando tiros, y por eso después va a ser más fácil quebrarlo. Sólo va a cambiar de patrón para pasarse al enemigo, cuando vea que el poder lo detenta otro”, dirá Luis, años más tarde, analizando no sólo lo ocurrido en líneas generales, sino puntualmente con la que se conoció como “la traición de Quieto”.
Esas mismas reflexiones formarán parte de las críticas que en un documento firmado por Carlos, como responsable de prensa de la Columna de La Plata, reciba la Conducción Nacional.
















1-“El Tío”, era el apodo con el que se conocía popularmente a Héctor J. Cámpora.
2-Una opinión que se sostendrá a lo largo de los años, incluso después de haber compartido la convivencia, andado el tiempo, con miembros de la conducción nacional de la organización Montoneros.
3-Soldados de Perón, Richard Gillespie, Editorial Grijalbo, 1998.
4-Soldados de Perón, Richard Gillespie, Editorial Grijalbo, 1998.5-Soldados de Perón, Richard Gillespie, Editorial Grijalbo, 1998.

Capítulo 5 - La Militancia

Capítulo 5
La militancia


Clandestinos otra vez
“Excluidos del sistema político oficial argentino, los Montoneros se volvieron entonces violentamente contra él. El 6 de septiembre de 1974, tras haber declarado la guerra a un gobierno juzgado ni popular ni peronista, se hallaban de nuevo en la clandestinidad. Les parecía haber vuelto a donde se hallaban antes de las elecciones de marzo de 1973, y se preguntaban: ‘¿Qué diferencia hay entre aquella dictadura y este gobierno?’.
Pero el tiempo no había pasado en vano. Los Montoneros poseían ya una tremenda reserva de apoyo gracias a sus iniciativas políticas relacionadas con las masas y ante su sensibilidad frente a la opinión pública. En el curso de los doce meses siguientes se convertirían en la más potente fuerza guerrillera urbana de cuantas se han conocido en América Latina”1.
El anuncio oficial de la vuelta a la clandestinidad se efectuó en una conferencia de prensa, el 6 de septiembre, pero no será hasta el día siguiente cuando lo sepan muchos de los integrantes de las organizaciones de superficie, al enterarse a través de los medios de prensa escrita.
Y si bien la medida abría el camino para acciones como las que la sociedad casi en pleno creía no se habían desarrollado desde la tregua anunciada tras la asunción de Cámpora, lo cierto era que Montoneros había protagonizado varios episodios durante su periodo de “legalidad”. Gran parte de ellos habían tendido a aumentar sus reservas de capital, otros habían sido la expresión de lo que las organizaciones revolucionarias consideraban “justicia popular”.
Entre estos últimos hechos, se contaba el secuestro de David Kraiselburd a fines de junio de 1974, responsabilizándoselo como propietario del diario El Día, de La Plata, de haber recibido durante la Revolución Libertadora un medio de prensa que hasta entonces había sido de control sindical. El empresario periodístico moriría el 17 de julio, cuando la policía incursionara en la “casa segura” donde lo tenían alojado.
Aunque intentaron mantenerlas en la superficie, las organizaciones que componían la Tendencia se vieron rápidamente en problemas para sostener su funcionamiento “normal” de hasta entonces. Muchos de sus principales referentes, además, estaban claramente asociados con Montoneros, aunque su relación no fuera, en la práctica, tan directa, o al menos no en cuanto a las acciones militares.
Carlos López Mateos debió dejar la carrera de derecho cuando sólo le faltaba rendir una materia para recibirse, debido al pase obligado a la clandestinidad que la decisión de la Conducción Nacional de Montoneros había definido.
Como integrante de la Juventud Peronista, y pese a la necesidad de “alejarse de la superficie” que se hacía imperiosa, se mantendría en estrecho contacto con el barrio en el que se formó y en el que dio el primer paso en busca del “hombre nuevo”.

El reparto de los Born
En el mes de septiembre de 1974 tendría lugar una acción que en su desarrollo, y particularmente en su final, configurará un antes y un después en la historia de la organización guerrillera peronista: Montoneros secuestró a los hermanos Juan y Jorge Born, propietarios de la multinacional argentina Molinos Río de la Plata.
Los hermanos fueron recluidos en lo que se conocía como una “cárcel del pueblo”, que no era otra cosa que una vivienda con fuertes medidas de seguridad y con total hermetismo sobre lo que en ella ocurría.
Poco después, Montoneros emitió un comunicado en el que anunciaba que juzgaría a los Born por su “actuación contra los trabajadores, el pueblo, y los intereses nacionales”, y puntualizaba, además, que el Gobierno había reintegrado a la firma las mercaderías confiscadas luego de hallárselas acaparadas, presuntamente para forzar un alza en los precios.
El rescate pedido por los mega-empresarios argentinos fue de sesenta millones de dólares, lo que configuraba un verdadero récord mundial en lo que al pago de una liberación se refería. Sin embargo, tras algunos meses de negociaciones, la empresa aceptó no sólo ese pedido, sino también el de distribuir 1.200.000 dólares en bienes en las barriadas obreras y las villas miseria como “multa” por el acaparamiento y la escasez generados.
La distribución de la ayuda en ropa y alimentos fue coordinada por los referentes Montoneros de cada zona, que llevaron adelante así y en una enorme magnitud, una acción que el ERP ponía en práctica con frecuencia con el robo de vehículos de distribución de todo tipo de productos, que luego repartía en barrios pobres.
Jorge Born fue liberado el 20 de junio de 1975, poco más de nueve meses después de su secuestro, y en perfectas condiciones de salud. Lo mismo había ocurrido casi cuatro meses antes con su hermano Juan, quien durante su cautiverio había sido atendido por su médico personal, debido a los problemas de salud que padecía.
Cuando en City Bell se estaba organizando el reparto de los productos que la empresa de los hermanos Born había acordado entregar en las distintas barriadas necesitadas, y cuando ya modificaba constantemente su domicilio a sabiendas de que era buscado por las fuerzas de seguridad, Carlos volvió a la casa materna. Ante todo estaba Nelly, y él tenía algo de dinero de su sueldo como asistente social que podía serle más útil a su madre.
Cuando llegó no había nadie en la casa de Luján y Sarmiento, pero eso no iba a ser así por mucho tiempo, porque enseguida se presentaron fuerzas policiales que comenzaron a revolver la vivienda, a levantar pisos, tirar cajones, romper floreros, y hurgar todos aquellos lugares donde sospechaban que podían encontrarse escondidas armas, volantes con consignas políticas, o cualquier otro elemento “subversivo”, a su entender.
Nelly y su hijo Luis, que la llevaba del brazo, estaban llegando cuando vieron pasar los tres Ford Falcon. Estaban a dos cuadras de su vivienda, y vieron que los autos doblaron justo en esa esquina. No había duda de cuál era el destino, pero se sintieron aliviados de que Carlos no estuviera.
Madre e hijo decidieron seguir la caminata, y pasar de largo frente a su vivienda al menos unas cuantas casas más, hasta lo de “el Ruso”, un zapatero que le tenía simpatía a los chicos López Mateos.
Mientras que la esposa del zapatero hacía de “campana”, Luis y Nelly esperaban a que los vehículos se fueran, seguros de que al menos, pese a todo el daño que pudieran hacer, no iban a encontrar a Carlos.
Finalmente, los hombres de la seguridad se retiraron, llevándose con ellos algunas “cositas” que les resultaron interesantes de la vivienda. Apenas menos de cinco minutos más tarde Nelly y su hijo entraban al verdadero pandemonio que era la vivienda. Pero la sorpresa más grande fue ver salir a Carlos de atrás de la cortina del baño, donde había permanecido escondido durante todo el allanamiento, con el arma en la mano, y dispuesto a enfrentarse a los visitantes, pese a su superioridad numérica.
Esa se convirtió en la primera “caída” de importancia de la casa. Vendrían otras en los meses siguientes.

El Rodrigazo
Automáticamente, tras la muerte de su esposo y presidente de la Nación, María Estela Martínez de Perón -conocida popularmente como Isabel, o Isabelita-, en su rol de vicepresidente, quedó al mando de los destinos del país.
Convertido en una suerte de eminencia gris del Gobierno, el ministro de Bienestar Social, José López Rega desplegó aún más que antes, en vida de Perón, una ofensiva abierta contra la izquierda peronista.
La revista “El Caudillo”, un órgano de expresión antisemita y ultraderechista dirigido por Felipe Romeo, y presuntamente financiado con publicidad oficial de la cartera ministerial que conducía López Rega, pedía la eliminación de los “guerrilleros de la retaguardia”, es decir, de todos aquellos argentinos que simpatizaran, o toleraran, incluso, el proyecto de las agrupaciones revolucionarias, que por entonces contaban con una imagen positiva de más del 50 por ciento en el Gran Buenos Aires, y de poco menos de esa cifra en el resto del país2.
Otro de los frentes donde se produjo una arremetida fue el universitario, vital para Montoneros, con la intervención de quince casas de altos estudios y la sustitución de gran parte de sus rectores. Para 1975, se sumaría el despido de 4000 catedráticos, y el encarcelamiento de 1600 estudiantes.
La izquierda peronista vio con más claridad que nunca el fracaso de su estrategia ‘movimientista’ al ser expulsada a empujones del Movimiento. Y no tardaron en sumarse, además, la proscripción de sus expresiones de comunicación con la sociedad en su conjunto: el semanario La Causa Peronista y el diario Noticias fueron cerrados por decreto. Uno tras otro seguirían el mismo destino Militancia, El Descamisado y Crónica, así como el diario El Mundo, ligado al ERP, y la revista El Satiricón.
En materia económica, el gobierno de Isabel avanzó sobre José Ber Gelbard, a quien reemplazaría por Alfredo Gómez Morales en 1974, y mediante un juego de pinzas entre el sindicalismo y el lopezrreguismo, lo sucedería Celestino Rodrigo en medio de una crisis de proporciones.
Claro que a poco de asumir, el 2 de julio de 1975, el plan que Rodrigo ponga en marcha (y que por su impopularidad recibirá su bautismo popular como “el Rodrigazo”), hará saltar por los aires esa alianza estratégica.
La huelga general estallaría en forma espontánea, y los gremios y la CGT irían detrás para reconocerla, primero, y encabezarla, después. Sería la primera huelga decretada por la CGT contra un gobierno peronista, y obligó a la Presidente a dar marcha atrás en la derogación de los aumentos salariales concedidos y ratificar las paritarias.
La etapa lopezrreguista, que marcó la extrema derechización del Gobierno quedó cerrada cuando el ministro de Bienestar Social partió al exilio después de buscar, en vano, apoyos.
Las Fuerzas Armadas amenazaron con divulgar las listas de integrantes de la Triple A, que quedarían de esa manera expuestos a la venganza popular.
El gabinete entero presentaría su renuncia, y Economía iría a manos de Antonio Cafiero el 14 de agosto, después del fugaz paso de Pedro Bonanni.
“La táctica del ministro Cafiero consistió en la indexación general y gradual de los salarios, los precios y la tasa de cambio, para hacer frente a la vertiginosa espiral inflacionaria. Sin embargo, las grandes empresas, en lugar de invertir, aprovechaban las diferencias entre el dólar oficial y el dólar en el mercado negro, y entre el interés que redituaban los títulos públicos y la tasa de inflación. (...) La recesión y el desempleo amenazaban la economía, y las exportaciones descendieron un 24 por ciento en todo el año 75, lo que afectó principalmente al campo, un sector que respondió inmediatamente con una serie de paros”3.
En el mes de octubre, Cafiero intentaría reflotar la base del Pacto Social, para lograr una tregua entre empresarios y obreros. Pero fracasaría estrepitosamente debido a la férrea posición de la nueva confederación empresaria en la que se habían aglutinado los sectores más poderosos de la economía, y a la vez los más retrógrados. Los cuales, además, ya pensaban en un futuro plan económico de ajuste hecho a la medida de sus pretensiones, con un futuro ministro de Economía que no tardaría en llegar de la mano de un golpe militar.
La “era Cafiero” llegaría a su fin de la mano de la agudización progresiva de la crisis, y cuando esta ya fuera totalmente irreversible. El 3 de febrero de 1976 renunció y fue reemplazado por Emilio Mondelli.

La caída
A comienzos de agosto de 1975, una denuncia anónima lleva a un oficial de la delegación La Plata de la Policía Federal Argentina hasta una vivienda de la localidad de Gorina, donde luego de establecer la identidad de su moradora y los movimientos que realizaba, efectúa una redada.
La joven detenida, de nacionalidad paraguaya y apenas 18 años de edad es Nidia Sebastiana Martínez, novia de Carlos Alberto López Mateos desde el mes de febrero de ese año. Se habían conocido cuando ella entrenaba para un torneo intercolegial en el Estadio Provincial, y casi enseguida comenzaron una relación.
La aprehensión de Martínez permitió, además, la captura de otras tres personas: María Segunda Casado, conocida como “Silvia”, Hugo Roque Gallardo (Hugo), y Enrique José Mércuri (Porki).
Inicialmente todos fueron interrogados por los integrantes de la Policía Federal, con métodos coercitivos, como revelaría después, únicamente Mércuri en su declaración ante Carlos Luis Molteni, titular del Juzgado Federal Nº 3, secretaría 9, de La Plata, donde se tramitó la causa.
Los cuatro detenidos formaban parte del “círculo íntimo” de Carlos, conocido como “Carlitos” en el ámbito de militancia. Y quien para la justicia estaba entonces en calidad de prófugo.
Los delitos sobre los que se investigaba a los cuatro detenidos, y también al no aprehendido eran el grado de participación de éstos en el secuestro de un empresario de la firma Corchoflex (Rodolfo Leandro Saurnier), la colocación de artefactos explosivos en los domicilios del secretario general de la CGT regional La Plata y diputado provincial, Rubén Diéguez, y de Raúl Zardini, decano de facultad de la UBA. Pero también se les imputaba el “difundir ideas contrarias al gobierno” por realizar pintadas tales como: “Luche y vuelve”, o “Los precios suben por el ascensor, los salarios por la escalera”.
Si bien en mayor o menor medida todas las declaraciones ante las autoridades policiales habían resultado comprometedoras, la de Gallardo irá más allá de la de Mércuri, porque mientras el primero señale a Carlos como partícipe en la colocación del artefacto explosivo en la casaquinta de Diéguez el 27 de julio de ese año, “Porki” rechazará haber estado al tanto de lo ocurrido, a excepción de lo que supo por los medios de prensa.
La más delatora fue la declaración de “Nidia”, tal como la conocían, quien aseguró ante la policía, y luego ante el juez, que su novio, que la había introducido en la organización Montoneros, había tenido participación en los hechos que se investigaban. Dijo también que la habían llevado a practicar tiro en un predio cercano al Cruce de Etcheverry, y brindó un panorama de la estructura organizativa de la Juventud Peronista y Montoneros en City Bell y sus alrededores.4
El dato era que en cada zona se formaban “juntas barriales”, las cuales ofrecían el espacio propicio para organizar reuniones donde charlar con otras personas que se interesaran en el proyecto político de la agrupación. Y donde, además, mucho se hablaba de “los Auténticos”, el espacio político que estaban creando importantes referentes de la izquierda y el progresismo peronista para competir en los comicios como una fuerza legal. ¿El objetivo?: Contar con una alternativa de construcción política de masas para oponerse al peronismo “oficial” de Isabel Perón y su entorno, cada vez más alejado de los ideales de quienes habían protagonizado la resistencia.
Tanto Gallardo, como la propia Nidia y María Segunda Casado5, eran referentes barriales, y también lo era Carlos, quien, además, coordinaba las actividades de los demás, y era el encargado de distribuir los volantes que la agrupación bajaba para dar a conocer su postura frente a los aumentos desmedidos de precios del Rodrigazo, o los conflictos sindicales que se desarrollaban en forma permanente en distintas empresas.
La tarea era la misma que habían llevado adelante hasta noviembre de 1974 congregándose en la Unidad Básica de Sarmiento y Camino Belgrano, de la que el esposo de Rosa Isabella Valenzi se alejara debido al clima cada vez más enrarecido a partir del distanciamiento entre Perón y Montoneros, y que finalmente un mes y medio antes de comenzar 1975 había cerrado sus puertas definitivamente.
Desde aquel momento, las casas de cada uno de los integrantes de las juntas barriales eran el espacio propicio para los encuentros. En uno de esos encuentros se conocerían más formalmente Carlos y Silvia, cuando ella fuera acompañando a Camila a un asado.

Los Auténticos
El 11 de marzo de 1975, en el Restaurante “Nino” se puso oficialmente en marcha el Partido Peronista Auténtico, nacido como una propuesta política de masas, y orientado, inicialmente, a tener su debut político en las elecciones de la provincia de Misiones, donde se elegiría gobernador para ocupar el cargo que había quedado vacante, junto al de vicegobernador, tras estrellarse el avión en que ambos viajaban.
Poco después, un fallo judicial despojaría a la agrupación de la palabra “Peronista”, por lo cual, finalmente sería el Partido Auténtico. Mantendrían, sin embargo, una consigna que se reproduciría mediante pintadas callejeras: “El peronismo vuelve con el Partido Auténtico”.
Nombres de peso de la resistencia peronista posterior a 1955, y figuras alineadas ideológicamente con la Tendencia que habían ocupado cargos a partir del triunfo camporista de 1973 se aglutinaron en la nueva cara legal de Montoneros. Claro que los hechos llevarían a un distanciamiento cada vez mayor a ambas fuerzas en los meses siguientes.
Para abril, sin embargo, el panorama era alentador, pese incluso a los malos resultados de la elección misionera, donde “el ministerio de Bienestar Social de la Nación (con López Rega todavía al frente) había invertido una pequeña fortuna”6 durante la campaña y de cara a la elección.
Serán sin duda la crisis de mediados de año, y el Rodrigazo, los que abran un horizonte promisorio al Partido Auténtico, que se desplegó a lo largo de todo el país, cubriendo un área que englobaba al 95 por ciento del electorado, y logrando 40 mil afiliaciones.
Todos los datos de esos adherentes serían puestos a disposición del Gobierno, cumpliendo de esa manera con una exigencia habitual para los partidos políticos, pero, sin embargo, se abrirá la posibilidad, a futuro, de una mucho más sencilla identificación de los simpatizantes que sumara la izquierda peronista.
Paralelamente, y como si buscaran borrar con el codo lo que escribían con la mano, los Montoneros realizarán una serie de acciones cada vez de mayor envergadura, que entorpecerán la labor de masas del Partido Auténtico. Al mismo tiempo, obligarían a que los importantes referentes políticos que componían el PA, tuvieran que salir a tomar distancia de las hazañas militares.
En una jugada perfectamente intencionada, el Partido Auténtico será finalmente prohibido en el mes de diciembre, bajo el pretexto de que Montoneros formó parte de un osado ataque del ERP a un regimiento de arsenales en el sur del Gran Buenos Aires.
En el camino había quedado, antes, su publicación quincenal, “El Auténtico”.

Cada vez más lejos de las bases
Villa Constitución, en Santa Fe, constituía un verdadero bastión de resistencia industrial a los avances de la crisis y las políticas de ajuste, y protagonizaría el 20 de marzo de 1975 un hecho que pasará a la historia como el “Villazo”, donde luego de 39 días de huelga en toda la ciudad, hombres, mujeres y niños que resistían los planes de reconversión industrial serán víctimas de la represión de la policía y las bandas de derecha.
Tanto el ERP, como Montoneros encontrarán campo de acción entre los obreros industriales de esa zona de Santa Fe, donde el sindicalismo “oficial” mostraba oídos sordos a los reclamos.
Sin embargo, la paulatina desmovilización de los trabajadores de todo el país sobre el final de ese año, dejaría a la guerrilla girando en el vacío. Sin canales de expresión a partir de la clausura sistemática de todos los medios que habían ido creando, y finalmente en la ilegalidad desde septiembre, los Montoneros se vieron en la necesidad de recurrir a actos desmesurados para mantener su presencia y lograr que su existencia no pudiera ser ignorada por la sociedad.
Claro que a partir de agosto entrarían en una escalada de proporciones tales que muchos observadores tenderían a pensar que asistían ya no a la lucha de un movimiento insurgente, sino a una verdadera guerra entre dos ejércitos, teniendo del otro lado a las fuerzas armadas.
El 22 de ese mes, como cada año a partir de 1972, se recordaría un nuevo aniversario de la masacre de Trelew, y en todo el país unos cien artefactos explosivos serían detonados. Claro que Montoneros tenía una carta en la manga.
En esa misma jornada, hicieron estallar la primera fragata moderna de la Armada, la Santísima Trinidad, fondeada en el Astillero Río Santiago, de Ensenada. La embarcación, que estaba provista de misiles, había costado 50 millones de dólares, y había sido construida con ayuda británica.
Muy poco después, y en el mismo mes, la pista del aeropuerto Benjamín Matienzo, en San Miguel de Tucumán, volaría cuando un avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea despegaba con personal militar antiguerrilla.
Pero sin duda, la más monumental de las acciones contra las fuerzas armadas era la que reservaban para el Ejército, y que tendría lugar el 5 de octubre de ese mismo año, en la sede del Regimiento Nº 29 de Infantería de Monte, en Formosa.
La operación no sólo implicó una enorme osadía, sino un despliegue de proporciones para llegar hasta el extremo norte del país con combatientes que no eran de la zona. El objetivo era hacerse de armas, y en parte se logró, aunque con la pérdida de varios guerrilleros.
La retirada, digna de una película, la hicieron secuestrando un avión en el aeropuerto de El Pucú, que luego hicieron descender en algún lugar de la provincia de Santa Fe. Un pequeño grupo huyó hacia la provincia de Corrientes en automóvil, donde luego sería detenido uno de los principales referentes de la Columna La Plata de la JP y Montoneros.
Aunque el episodio fue condenado por todos los partidos, “el razonamiento político exigía que los Montoneros profundizaran su penetración en los movimientos de masas; la lógica militar dictaba un alto nivel de aislamiento. Una enorme brecha separaba las luchas armadas de los Montoneros de las luchas de los militantes industriales, incluidos los de ideas montoneras. La estrategia que habían escogido generaba de modo inevitable, su aislamiento físico del pueblo, en nombre del cual luchaban!”7.
Veinticuatro horas después del ataque en Formosa, el Gobierno, encabezado por el titular de la Cámara de Senadores, Italo Argentino Lúder (debido a una licencia por cuestiones de salud de la presidente) creó el Consejo de Seguridad Interna, que autorizaba a las fuerzas armadas a desarrollar actividades en todo el país para luchar contra la guerrilla. Apenas nueve días más tarde, la policía bonaerense también sería puesta bajo control militar.
Mientras que las cifras dejaban en claro que eran mucho más amplias las listas de bajas que las de víctimas para las agrupaciones insurgentes, el último foco de resistencia de la Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez, que el ERP había creado en las selvas tucumanas, quedó virtualmente desmantelado entre el 7 y el 10 de octubre.
Había alcanzado una supervivencia de poco menos de un año, que incluso podía considerarse un dato no menor, teniendo en cuenta que la respuesta militar fue casi inmediatamente implementada tras el asentamiento de los guerrilleros.

En pareja
Hacía fines de 1975, Silvia y Carlos habían comenzado su noviazgo, justo en el momento en que la situación política del país llegaba a su punto más extremo.
Pasarían algunos meses hasta que decidieran vivir juntos, en el transcurso de los cuales, el compromiso político de ella iría en aumento, al menos en lo ideológico.
Él, en cambio, profundizaría su reflexión sobre el giro que estaba dando la agrupación, y que la conducía a un aislamiento cada vez mayor del sustento en sus bases: los trabajadores y la gente de los barrios. Pero esos primeros bosquejos de crítica, que se fueron planteando en forma verbal y aislada, no tomarían la forma de un documento hasta el año siguiente, cuando la Columna La Plata -junto a la de la zona Norte, que lo hará después- plantee varios puntos de desacuerdo con la conducción nacional de Montoneros.
Por esos días de finales de 1975 habrá un hecho que se convertirá, para muchos, en una pieza clave para realizar una mirada introspectiva: la traición de Quieto, que oficialmente será maquillada en las páginas de Evita Montonera, el único órgano de propaganda que subsistía en forma clandestina.
Roberto “el Negro” Quieto, como oficial superior de Montoneros, redactó órdenes específicas de cara a la Navidad de 1975 que se aproximaba. En ellas recomendaba a los integrantes de la organización que bajo ninguna circunstancia contactaran a sus familias en esa oportunidad, como una forma de prevenir riesgos, en especial, atento al clima que se vivía, donde las desapariciones de militantes de la izquierda guevarista y la peronista, ya se contaban por decenas.
Sin embargo, el 28 de diciembre, y en una clara contradicción con sus propias recomendaciones, Quieto fue detenido cuando jugaba con su familia en las playas de San Isidro. Dado que el Gobierno se negaba a reconocer oficialmente la detención, se pusieron en marcha de inmediato campañas reclamando la legalización del detenido, y se sumaron estallidos espontáneos con quema de coches en la Capital Federal y pintadas en las paredes de La Plata, Buenos Aires y los partidos del Conurbano.
Mientras todo esto ocurría, dos allanamientos en importantes bases de Montoneros con un consecuente secuestro de material valioso se dieron en la noche siguiente a la detención de Quieto, y en los días sucesivos se sumaron una racha de secuestros, detenciones, desapariciones, y pérdidas de infraestructura que sólo podían interpretarse de una manera: el “Negro” había cantado.
Un Tribunal Revolucionario se reunió en febrero de 1976, y condenó a Quieto a la pena de degradación y muerte, en ausencia del acusado, sin embargo, ya que nunca más se conocería su destino.
“La condena de Quieto trastornó en gran manera, sino permanentemente, a los militantes de la izquierda peronista. (...) Evita Montonera, en un intento de tranquilizar a los fieles, se llenó súbitamente de informaciones con ejemplos de heroísmo e intransigencia, combinados con condenas del individualismo”.8

Un golpe anunciado
Los decretos reservados Nº 2770, Nº 2771 y Nº 2772, de noviembre de 1975, y que llevaban la firma de Lúder, y de los ministros Carlos Ruckauf y Antonio Cafiero, entre otros, se convirtieron en el primer paso para que las Fuerzas Armadas avanzaran sobre las libertades individuales, aún, incluso, en democracia.
Mediante esos documentos se las autorizaba, literalmente, a “ejecutar las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a los efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio nacional”.
Claro que, como se verá al cabo de ocho años a partir de entonces, el aniquilamiento del accionar de la subversión fue interpretado como el exterminio de quienes militaban en las filas de las organizaciones de izquierda, y de un amplio abanico de otros ciudadanos que poco o nada tenían que ver, sumando, finalmente, una lista de 30 mil desaparecidos, decenas de miles de exiliados, y otros tantos detenidos políticos durante muchos años.
El destino final del gobierno de Isabel Perón parecía no estar muy lejos, e incluso acercarse día a día en la segunda mitad de 1975. Ese año, una crisis militar llevó a Isabel a nombrar a Alberto Numa Laplane como comandante general del Ejército, aunque su figura sería mal vista en el interior de la fuerza, por su voluntad de contribuir con el Gobierno para salvar la crisis. La autorización que Numa Laplane extendiera a Vicente Damasco, militar en actividad, para ocupar la cartera de Interior desataría otra crisis.
Los generales Jorge Rafael Videla, Roberto Viola y Guillermo Suárez Mason dieron un ultimátum a la presidente, que pese a su voluntad de no dejarse doblegar, cedió a instancias de Cafiero y del titular de la CGT, Casildo Herreras. La Jefatura del Ejército recayó en Videla, que junto con Eduardo Massera, ya máximo responsable de la Marina, perfilaban la que sería la primera junta militar del Proceso de Reorganización Nacional.
El 18 de diciembre se sublevaron oficiales de la Fuerza Aérea comandados por Jesús Orlando Capellini, y la Plaza de Mayo fue sobrevolada por dos aviones de combate y helicópteros que arrojaron volantes con el sermón del vicario general de las Fuerzas Armadas, de los días previos. En él, el referente eclesiástico llamaba abiertamente a los uniformados a hacerse cargo del gobierno, considerando que serían, al desempeñar esa tarea, elementos “elegidos por Dios”
Al cabo de algunos días, los rebeldes se rindieron y fue nombrado Orlando Ramón Agosti al frente de la Aeronáutica.
En la víspera de Nochebuena, el Ejército Revolucionario del Pueblo llevó adelante un intento de asalto al Batallón de Arsenales Nº 601, Domingo Viejobueno, en el partido de Quilmes. La operación ya era conocida casi al detalle por las fuerzas militares, y por eso concluyó en un estrepitoso fracaso, con varias decenas de militantes de la agrupación guevarista asesinados e incursiones represivas durante toda una noche en la villa de emergencia ubicada frente al regimiento militar.
El hecho sirvió de excusa para ilegalizar al partido Auténtico, con el argumento de que Montoneros había tomado parte en la acción.

Las horas contadas
La posibilidad de bordaberrización9 del gobierno fue descartada a comienzos de 1976, y por eso, a finales del mes de enero, Videla, Viola, y el empresario Alfredo Martínez De Hoz se reunieron para delinear, de urgencia, un programa económico ante la inminente toma del poder las Fuerzas Armadas.
Si bien por esos días Isabel Perón había anunciado el adelantamiento de las elecciones presidenciales para los meses de noviembre o diciembre de ese mismo año, la situación estaba ya totalmente fuera de control. Pero peor aún era que a nadie parecía interesarle salir del atolladero: la UCR decía no tener soluciones, y en el Congreso el peronismo se había quebrado, quedando en minoría, por la escisión del bloque Gestión y Trabajo.
La izquierda tradicional abogaba por un gobierno cívico-militar, mientras que el 2 de febrero la bancada de diputados del FUFEPO presentó un pedido para que se tratara sobre tablas la destitución de la presidente por “inmoralidad, inconstitucionalidad, ilegalidad e ineptitud en la gestión presidencial”.
Se sumaron a eso investigaciones sobre presuntos manejos discrecionales de los fondos públicos, y el primer lock-out empresario en la historia argentina. La inflación marchaba hacia marcas universales en el país que era, entonces, lo más parecido a una caldera.
Un nuevo ministro se hizo cargo de la cartera económica tras la renuncia del gabinete en pleno: Emilio Mondelli aplicó un severo plan de ajuste, con devaluación del 82 por ciento para el peso, autorizando un alza de precios del 100 por ciento, mientras que el tope para el aumento de salarios era del 20 por ciento, lo que desató una nueva ola de violencia.
El 19 de marzo, la Coordinadora de Gremios en Lucha protagonizó una jornada con incidentes en La Plata, y durante la madrugada siguiente, un estudiante y tres militantes obreros fueron arrancados de sus casas y fusilados en la calle sin más trámite. Esa semana hubo 37 muertes violentas en todo el país.
Para mediados de febrero, el temor invadía las fábricas ante la detención o secuestro de los delegados. La clase media aterrada por los niveles de violencia, el caos gubernamental, la hiperinflación y los reclamos sindicales miraba con buenos ojos el orden que el golpe podría traer.

El despliegue del terror
“A la 1 de la madrugada del 24 de marzo de 1976, mediante la denominada “Operación Bolsa”, fue arrestada por un comando militar al mando del brigadier Basilio Lami Dozo, la todavía incrédula Isabel Perón. A las 2.45, oficialmente las Fuerzas Armadas ser hicieron cargo del gobierno. Los funcionarios y líderes del sindicalismo y del Partido Justicialista fueron detenidos y alojados en tres buques-cárcel. La Junta militar declaró a todo el territorio nacional objetivo militar sujeto al nuevo orden. Era el golpe más anunciado y el que menos resistencia tuvo en la Argentina moderna. El presidente del Consejo Empresario Argentino, Alfredo Martínez de Hoz fue nombrado ministro de Economía. Debía producir un relanzamiento productivo. (...) A poco de andar, el plan implementado devendría en predominio del capital financiero, en especulación desenfrenada, endeudamiento externo, deterioro del nivel de vida de los trabajadores, desocupación y desindustrialización”.10
Los argentinos que le habían creído inicialmente a la Junta Militar su versión de que había llegado para “terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo” pronto se vieron desengañados. El gobierno de facto disolvió el Congreso Nacional y las legislaturas provinciales, prohibió la actividad política, gremial y estudiantil, se intervino la CGT, las huelgas fueron declaradas ilegales, y se encarceló a los principales dirigentes políticos.
Pero el desconcierto no sólo afectaría la variable política. Un año después de la toma del poder, la economía estaba peor que cuando Martínez de Hoz se había hecho cargo de esa cartera. La desindustrialización del país tardaría más en percibirse que la línea económica claramente orientada en beneficio de grandes grupos financieros, terratenientes, y el capital extranjero. La clase obrera perdió su poder adquisitivo con tal aceleración, que para fines de 1976, los salarios reales representaban el 50 por ciento del nivel de 1974.
Pese a la violencia con que la “cacería” de opositores políticos, gremiales, y estudiantiles se había desatado, superando largamente cualquier imaginable ataque a los movimientos insurgentes, los conflictos no tardarían en presentarse: en septiembrte fueron los trabajadores de la automotriz Ford, y luego de los de Mercedes Benz. Les seguirían a finales de 1976 y comienzos de 1977 los del sector eléctrico, y en ese mismo año los ferroviarios.
Para poner en marcha el nuevo modelo económico diseñado para la Argentina era necesario no sólo aplastar a la guerrilla, sino también a toda manifestación sindical de rebeldía a un programa neoliberal a ultranza.
Los Montoneros, que habían calificado inicialmente la toma del poder por los militares como la “ofensiva generalizada sobre el campo popular, como una respuesta a la crisis definitiva del capitalismo”, pronto se darían cuenta que el militarismo no los conducía a donde buscaban.
En ese marco, comenzaron a surgir disidencias en dos de las más importantes columnas que tenía la organización: la de La Plata, y poco después, la de la Zona Norte del Gran Buenos Aires. Y fue recién entre finales de 1976 y poco más de la primera mitad de 1977, que la agrupación comenzó a realizar acciones de apoyo a los conflictos gremiales que se iban sucediendo.
Hasta entonces, varios atentados de magnitud contra blancos militares o de la policía habían logrado como única respuesta matanzas numerosas, e incluso el montaje de escenarios inverosímiles donde en un enfrentamiento moría una importante cantidad de guerrilleros sin que sumara una sola las bajas de las fuerzas de seguridad.
En el ámbito interno, Montoneros aplicó una transformación en abril de 1976, convirtiéndose de una Organización político militar, en un Partido de cuadros. El documento que acompañaba la transformación hablaba por primera vez de la “muerte del peronismo”, y descartaba la estrategia de alcanzar el socialismo por etapas. Proponiendo una transición directa tras la toma del poder, se trasnformó así en el documento más izquierdista que jamás publicaran. Sin embargo, en la práctica, nuevamente la teoría sería de difícil aplicación, porque la agrupación había quedado aislada de las masas y estaba únicamente compuesta por guerrilleros.
Lo que quedaba del Ejército Revolucionario del Pueblo, tras la muerte de su líder, Mario Roberto Santucho, el 19 de julio de 1976 en Villa Martelli, elegiría el camino del exilio, para diluirse en el resto del mundo. Una fracción mínima quedaría en el país para realizar una única acción: intentar asesinar a Jorge Rafael Videla colocando 104 kilos de trotyl en el Aeropuerto Metropolitano, pero sin éxito.
Antes habían sido desarmadas las células del Partido Revolucionario de los Trabajadores (brazo político de ERP) de Mendoza, Santa Fe y Rosario, y destruida la más importante de las imprentas de la organización en Córdoba.

Un bebé en camino
Después de decidir vivir juntos, en la primera mitad de 1976, Carlos y Silvia alquilaron una casa en la Plaza Azcuénaga de La Plata, en diagonal 76 casi calle 19, la que, sin embargo, se mantendría casi completamente desconocida para las familias de ambos por una cuestión de seguridad.
El clima no era el más propicio para encuentros abiertos, y una prueba clara de eso fue el allanamiento que sufrió Rosa en su casa en el mes de agosto, cuando fuerzas militares irrumpieron en la vivienda. Mientras conscriptos entretenían a las dos pequeñas hijas, ella y su marido era interrogados, a punta de fusil, para que dijeran dónde escondían “las armas de Montoneros”.
La casa fue “daba vuelta” por completo: rompieron cielorrasos y levantaron pisos, pero no encontraron nada y se retiraron. Jamás se les ocurrió revisar la parte posterior del terreno, donde en un reducido galpón, adentro de un pequeño carrito y cubiertas por una lona, se encontraban varias ediciones de Evita Montonera que Silvia había llevado.
Fue más o menos para esa misma época en que Silvia quedó embarazada. Poco después llegarían las dudas, y el atraso prolongado de su período, con lo cual para septiembre tendría ya la certeza de estar encinta.
Carlos recibió la noticia con alegría, en parte porque en lo personal le gustaban los chicos y había deseado ese momento, y en general, porque la llegada al mundo de un hijo era siempre motivo de algarabía entre los militantes políticos, incluso cuando las adversidades hubieran adquirido las proporciones que tenían en esa etapa de la dictadura.
Después de comunicarlo al resto de sus familias, la pareja debió, entonces, formalizar su situación, con anillos incluidos, y a instancias de Concepción. Es que la mujer, en su profunda religiosidad, planteó que si no podían contraer matrimonio legalmente por cuestiones de seguridad, al menos debían realizar un ceremonia de bendición de sus alianzas ante el altar.
Rosa creyó conveniente regalarle a su hermana algo para la casa, pero era tal la estrechez con que vivían, que Silvia le dijo que prefería un par de sandalias, porque en realidad, le hacían más falta. Ella se había contagiado de ese espíritu solidario y desprendido de Carlos, que cedía incluso hasta sus prendas de vestir si creía que alguien las necesitaba más que él, y era capaz de ponerse después, a falta de otra cosa, un pulóver de cuello alto a fines de primavera.
Las hermanas combinaron, entonces, y se vieron en el centro de La Plata. Hablaron de sus cosas, de cómo estaba evolucionando la situación política en el país, de trivialidades como los “claritos” que Silvia se había hecho en el pelo, y de temas que inquietaban profundamente a Rosa como por ejemplo, qué harían una vez que el bebé llegara para sostener la actividad política, o eventualmente tener que resguardar su seguridad de manera más vehemente que hasta entonces.
Ninguna de las dos lo sabía, claro, pero tampoco podían suponerlo. Y, sin embargo, esa sería la última vez que se vieran personalmente. El resto de la familia mantendría el contacto en los meses siguientes: Concepción sería la que más vería a su hija, al igual que Nelly con Carlos. Mingo pondría su casa para los encuentros, y la tía y las primas de Silvia harían lo mismo.
Pese a todo, los lazos no se interrumpirían, como tampoco iban a menguar las gestiones de ambas familias para que la pareja se alejara del centro del torbellino de violencia desatado. Habrá propuestas de partir en lancha hacia Uruguay por parte de los López Mateos, así como la sugerencia de abandonar el país por otra vía, y parte de la familia de Silvia ofrecerá la casa de Chapadmalal como refugio.
Todo resultaba en vano, porque el convencimiento de que debía terminar la lucha iniciada, aunque le costara la vida, era en Carlos una premisa irreductible. Y Silvia había asumido el mismo compromiso.

Víctimas del horror
El 9 de noviembre, una bomba colocada por la agrupación Montoneros, destruyó el cuartel general de la policía de provincia de Buenos Aires en La Plata, matando a un oficial, e hiriendo a otros once que estaban reunidos en el despacho del ayudante del jefe de la fuerza, coronel Guillermo Ernesto Trotz.
La antipatía, el temor y desconfianza que la policía inspiraba eran generalizados, pero, sin embargo, con la censura total impuesta a los medios de prensa, los Montoneros no tenían canales a través de los cuales explicar sus acciones a los argentinos, y señalar que el blanco del ataque habían sido los responsables de miles de desapariciones, centenares de sesiones de torturas y tormentos, y varias decenas de muertes admitidas sólo en el período que iba desde el 24 de marzo a esa fecha.
La ira se desató, entonces, y en el lapso de unos cuantos días cincuenta y cinco sospechosos fueron muertos en un lugar cercano al cuartel volado, como lo informara el diario The Times, en su edición del 17 de noviembre de 1976.
En la espiral de violencia de esa misma represalia, el 12 de noviembre fueron secuestradas por tropas del Regimiento Séptimo de Infantería de La Plata Isabel Nelly Mateos de López, y su hija, Elsa Noemí López Mateos, ambas en casa de la primera, en City Bell.11
El impacto por el hecho golpeó directamente a Carlos, y por supuesto, a Silvia. Aunque por entonces, la imposibilidad de vislumbrar los hechos en perspectiva, no permitía siquiera remotamente fantasear con lo que finalmente ocurriría, y se sabría años más tarde.
La hipótesis más tolerable era la de que las dos mujeres, que nada tenían que ver con la militancia de los varones de la casa, habían sido capturadas para forzar la rendición de los otros.
Pocos días más tarde, otro episodio, registrado entonces en la casa de uno de sus grandes amigos, y compañero en la conducción de la organización en La Plata, volverían a golpear a Carlos.
La casa de Daniel Mariani, en la calle 30, entre 55 y 56, donde vivía con su pareja Diana Teruggi y la pequeña hija de ambos, de tres meses de edad, Clara Anahí, fue cercada por tropas militares y atacada con bazucas, tanques y ametralladoras en un operativo que duró cuatro horas.
Las fuerzas de seguridad habían llegado con el dato certero de que allí funcionaba una importante imprenta de Montoneros, disimulada con la fachada de una casa común y corriente, y luego de asesinar a Teruggi y a otros tres militantes que se encontraban en el lugar, se retiraron, después, llevándose a la pequeña bebé, de la cual nunca más volverán a tenerse datos. Su abuela, María de Isabel Chorobik Mariani, se convertirá en la primera conductora de las Abuelas de Plaza de Mayo12. Daniel no estaba en el lugar.13

El último encuentro
El día en que fueron secuestradas su madre y su hermana, Adolfo Luis López Mateos cumplía años, y por eso decidió llamar a la casa familiar para saludar. Era obvio que en Rosario, donde se encontraba, no podía estar disponible como para recibir comunicaciones que no fueran las de la organización. Lo habían destinado allí para establecer contacto con militantes combativos de la CGT, que si bien no estaban integrados a Montoneros, prestaban su colaboración a la organización.
En varias oportunidades a lo largo del día de su cumpleaños, Luis intentó establecer contacto con su mamá, pero Nelly nunca atendió el teléfono. Tras el secuestro, un camión se hizo presente en la casa y cargó con todo lo que había en ella, desde muebles hasta objetos sin valor alguno, más que el sentimental.
Preocupado, aunque lejos de pensar lo peor, Luis llamó a su padrino, en La Plata, y escuchó al otro lado de la línea lo que jamás hubiera imaginado: “Mirá, a tu mamá y a tu hermana se las llevó el Séptimo de Infantería”. Y aunque la desesperación se apoderó de él, acompañada por una necesidad imperiosa de viajar a Buenos Aires, los compañeros no se lo permitieron. A cambio, aceptaron establecer un contacto con Carlos, para que los hermanos pudieran encontrarse. En el caso de ellos, esa también sería la última vez.
Se reunieron en la casa del ex senador por Catamarca, Eduardo Buenader, y pasaron casi toda la noche en vela, charlando, para quedarse finalmente dormidos, abrazados, y compartiendo la sensación -aunque no lo dijeran-, de que no volverían a verse.
El contacto entre ambos se mantendría, no obstante, pero sin que ninguno supiera dónde estaba el otro. Y cuando ocurra lo peor, Luis recibirá la notificación por parte de otros militantes, aunque sin conocer al detalle si Carlos había muerto o había sido secuestrado. Una certeza por la que tendrá que esperar varios años más.

Un paquete para entregar
Una frase quedará en el recuerdo de la familia, grabada a fuego: “Tenemos que luchar por los pobres”, le había dicho Silvia a su abuelo, el 7 de noviembre, cuando éste le ofreció partir junto a Carlos hacia Italia, de donde había venido de visita. La pareja rechazaba así una nueva propuesta para salir del país
Faltaba, entonces, menos de una semana para que Nelly y Elsa Noemí López Mateos fueran secuestradas. Aunque ese hecho no modificará los encuentros familiares de Silvia con sus tías y primas, con Mingo y con sus padres a lo largo de noviembre y de diciembre de 1976.
Y fue justamente en ese mes de diciembre cuando -aunque Silvia no lo sabría porque los ámbitos de militancia de ambas eran completamente diferentes-, su amiga Camila Azar desapareció.
De ese episodio, pocos son los datos que quedarán claros: el sábado 11 de diciembre llamó al Club de los Telefónicos, se contactó con la familia de caseros que había reemplazado a los Isabella Valenzi, y pidió que fueran a buscar a su hermana Stella. Un desencuentro impidió que pudieran hablar para coordinar ir de compras, porque la menor de las hermanas iba a regalarle unas sandalias a Camila para su cumpleaños, el miércoles 16.
Camila Azar no se comunicaría nunca más con su familia, pese a que a la casera del Club le había prometido volver a intentar más tarde la llamada.14
Por esos días se dará una seguidilla de desapariciones de militantes de la Juventud Universitaria Peronista, a la que estaba integrada Camila, como estudiante de Derecho de la UNLP. Aunque según datos recogidos por distintas organizaciones, el promedio que se daba en el país en ese período de 1976 era de unos quince secuestros diarios.
Al cabo de esa semana, el sábado 18, Carlos López Mateos acudió a una cita previamente acordada, en 14 y 67. Eran alrededor de las 11.30 de la mañana, tenía bajo el brazo un envase de leche como se había convenido, pero el contacto no llegaba.
Carlos estaba a punto de marcharse cuando de pronto fue rodeado por tres Falcon, a bordo de los cuales iba un verdadero pelotón de fuerzas de seguridad. Sacó su arma, se enfrentó a los agresores, y arrojó luego la granada que también tenía consigo; pero la superioridad numérica y armamentística de sus enemigos terminó superándolo, y ya sin municiones, recibió un impacto de bala en la cabeza que puso fin a su vida. Había cumplido con su voluntad más íntima, que era la de no entregarse al enemigo, llegada la circunstancia en que debiera optar. Optó, y eligió la muerte, antes de lo que, sabía, podía ser una delación involuntaria, o inducida por la vía medicamentosa.
El cuerpo sin vida fue retirado del lugar por personal uniformado, y nunca se supo su destino.
Silvia, en tanto, se extrañó ante la demora de Carlos pasadas varias horas, pero como ocurría una y otra vez, sistemáticamente en aquellos tiempos, no era capaz de concebir la peor de la hipótesis como la que realmente había tenido lugar.
La noticia de que algo había ocurrido le llegaría cerca del atardecer de ese sábado, cuando quienes debían tener un contacto con su pareja en horas de la tarde le avisaran lo que había ocurrido, aunque sin la precisión respecto de si Carlos había sido herido y detenido, o muerto.
Angustiada, pero tratando de sofrenar su desesperación por no saber qué hacer, Silvia fue a lo de una de sus primas, quien, paradójicamente, celebraba el cumpleaños de su hijo. Juntas recorrieron el trayecto desde allí, hasta diagonal 76 y 19, donde Silvia esperaba encontrar a Carlos, o al menos un mensaje, o algo. No había nada.
De la casa Silvia sólo se llevó lo elemental de entre sus prendas, y los elementos que Carlos le había pedido que, de ocurrirle algo, entregara a un contacto en la ciudad de Quilmes, el que según indicarán versiones después, habría sido un comisario.
Los cuatro días siguientes los pasaría escondida en lo de una tía domiciliada en la calle 45, entre 27 y 28, y partirá el 22 de diciembre a concretar la entrega. A lo largo de la jornada Silvia no volvió a contactarse con ninguno de los miembros de la familia, lo que dejó a todos la certeza de que algo le había ocurrido. La pregunta era: ¿qué?
Nadie sabía dónde buscar, a quién recurrir, qué pensar, más aún cuando por esos días circulaban versiones que indicaban que era la propia organización la que escondía en lugares seguros a quienes perdían el contacto con su entorno.
La búsqueda no tardaría en ponerse en marcha, y Concepción mostrará una decisión y fortaleza poco conocidas hasta entonces para ponerse al frente de ella. Otros miembros de la familia completarán la tarea, como el esposo de una de las primas, albañil en la Jefatura de Policía, que intentaba cotejar si entre los cadáveres que llegaban en los días posteriores a la desaparición podía estar el de Silvia.
A lo largo de tres meses y medio, la familia no tendrá noticias de la chica de veinte años, que cumplirá la mayoría de edad detenida en la Brigada de Investigaciones de Quilmes.



















1-Soldados de Perón, Richard Gillespie, Editorial Grijalbo, 1998.
2-Soldados de Perón, Richard Gillespie, Editorial Grijalbo, 1998.
3-Historia de la Argentina 1966-1976: La caída de Isabel, Crónica – Hyspamérica, Editorial Sarmiento S.A. 1992.
4-Sin embargo, ni en el asecuestro de Saurier ni en la explosión en la casa del decano universitario Carlos había tenido participación. Martínez y Casado no aparecen implicadas en ninguna, y Mércuri en una, mientras que López Mateos y Gallardo en la otra. En ninguno de los casos, en el secuestro del empresario. Las explosiones causaron daños materiales, pero no víctimas, porque tampoco era esa la finalidad.
5-María Segunda Casado Fracchia estaba embaraza de 5 meses cuando fue detenida con su pareja, Pedro Antonio Frías, en la localidad de Hurlingham, el 23 de junio de 1978. Nunca más se supo de ellos, ni del bebé que María esperaba.
6-Soldados de Perón, Richard Gillespie, Editorial Grijalbo, 1998.
7-Soldados de Perón, Richard Gillespie, Editorial Grijalbo, 1998.
8-Soldados de Perón, Richard Gillespie, Editorial Grijalbo, 1998.
9-Bordaberrización: Generalización aplicada a un esquema en el que un presidente civil es colocado como fantoche al frente del Gobierno, pero en realidad son las Fuezas Armadas las que definen la política de un sistema sin Congreso ni partidos políticos. Surge a partir del sistema aplicado en Uruguay en 1973.
10-Todo o nada, María Seoane, Editorial Planeta, 1997.
11-Elsa Noemí López Mateos, conocida como “Mimí” (32 años) se había mudado a La Plata, poco antes, tras casarse, y ese día visitaba a su madre. Ambas mujeres se encuentran aún desaparecidas y sus cuerpos nunca fueron hallados.
12-Isabel Chorobik de Mariani, conocida como “Chicha” fue la primer presidente de Abuelas de Plaza de Mayo, agrupación que nació sin ese nombre, reclamando la restitución de los niños apropiados por las fuerzas armadas.
13-Daniel Mariani no estaba en la casa atacada. Fue abatido un año después, luego de realizar una mudanza, el 1 de agosto de 1977 en 132 y 35. Allí secuestraron a la pareja María Graciela Médici y Roberto Aued. Ambos fueron vistos en el Pozo de Banfield, estando ella embarazada.
14-Camila compartía una pensión con amigas y militantes. Una de ellas, Liliana Pereyra sobrevivió al episodio en el que se presume fue detenida Azar. Un año más tarde, Pereyra fue aprehendida en Mar del Plata, estando embarazada. Alojada en un centro clandestino de detención de esa ciudad, fue llevada a la ESMA para tener su bebé y luego reintegrada a Mar del Plata. Se informó oficialmente después que había sido muerta en un enfrentamiento, lo cual fue desmentido por los exámenes forenses sobre sus restos encontrados en una tumba inscripta como NN de un cementerio marplatense. Su bebé aún no fue hallado.

Capítulo 6 - La reaparición de la desaparecida

Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacerlo que no quiere

Mario Benedetti, Hombre preso que mira a su hijo
Capítulo 6
La reaparición de la desaparecida
Quebrando el silencio de la noche
A las 3 de la mañana del 26 de enero de 1977 sonaron unos golpes en la puerta de la casa del matrimonio Lefteroff, con la misma suavidad con que su hija “Cris”, como llamaban a María Cristina, solía efectuarlos.
María Kubik Markoff y su esposo Jorge Lefteroff, que acababan de acostarse, fueron hasta la puerta, temerosos pero ilusionados, pese a los acontecimientos de la mañana. Sin embargo, al abrir se encontraron con un cuadro muy diferente del que esperaban: catorce hombres, fuertemente armados y apuntándoles, los metieron a empujones en el interior de la casa.
Un grupo llegó rápido a la habitación de la menor de las dos hijas del matrimonio, María Alejandra, la despertaron a empujones, rasgaron las sábanas de su cama y la vendaron. Hicieron lo mismo con la señora Kubik Markoff, y una vez que tenía sus ojos cubiertos, la encerraron en el baño.
El que parecía el líder del grupo dijo que tenían que llevarla detenida, por una orden emanada del Regimiento 2 de La Plata, y luego comenzaron un breve interrogatorio para establecer si habían informado de lo ocurrido, es decir, la detención de María Cristina horas antes.
“Ustedes me rompieron los teléfonos, ¿cómo podía hablar con alguien?”, respondió la mujer. Aunque ante la insistencia de su interrogador, añadió que una sobrina salió a buscar un teléfono en alguna casa de la cuadra para comunicarse con su esposo, que estaba trabajando en la localidad de Rojas.
Kubik Markoff intentó ocultar la otra llamada, la que habían recibido luego de que su esposo, recién llegado, reparara el teléfono. La comunicación con “el paraguayo”, al que le habían dicho que Cris había sido detenida.
No conformes, los captores quisieron confirmar que nadie más hubiera sido informado de lo ocurrido, y entonces encararon a Lefteroff, llevando a la mujer con ellos.
El hombre sólo pudo confirmar lo dicho por su esposa. Nada más de lo que dijo fue tenido en cuenta después: ni sus explicaciones sobre el estado de salud de Kubik Markoff, que no podía movilizarse con facilidad por un problema en la cadera, ni su ofrecimiento para que lo llevaran a él en lugar de su esposa.
“Ya sabemos que está enferma, que se lleve todos los remedios”, disparó el que comandaba al grupo, y añadió: “no le va a pasar nada, ella va a volver enseguida, no hay nada ni contra usted ni contra su esposa, ni contra su hija menor".
El señor Lefteroff insistió varias veces en ser él el detenido, y no su esposa, y desafió al que parecía el jefe de la partida: “No me tape los ojos, hablemos cara a cara”.
La respuesta no pudo ser más contundente: “no señor, porque en este momento los vencedores somos nosotros y hoy o mañana los vencedores pueden ser ustedes y nos pueden conocer, y entonces es mejor que no nos veamos las caras, para bien de ustedes y para bien de nosotros".
Después se fueron, llevando a Kubik Markoff con las manos atadas y los ojos vendados hasta los coches que esperaban frente a la casa de Pringles 788.
Al cabo de rato, el auto se detuvo frente a un portón en Allison Bell, casi Garibaldi, en Quilmes Centro. Poderosos reflectores bañaron de luz el rodado, y de fondo comenzó a sonar a muy alto volumen un tema de Carlitos Balá, que sólo se interrumpió cuando el que había llevado a la mujer hasta allí aseguró al resto: “bajen el disco que no es para la señora”.

En busca de la imprenta
Kubik Markoff había sido detenida sólo para forzar a su hija a “cantar” lo que sabía, y es que para sus captores, como en todos los casos, era fundamental extraer información durante las primeras cuarenta y ocho horas, cuando consideraban que podían infligir fuertes golpes sobre el enemigo. En eso se basaba su “inteligencia”.
Un día antes, alrededor de las 10 de la mañana del 25 de enero, más de una decena de vehículos habían cercado los alrededores de la calle Pringles al 700, anunciando por altoparlantes que se trataba de un operativo del Ejército Argentino, e invitando a los habitantes de la zona a no salir de sus casas.
Entraron en la vivienda de los Lefteroff, donde estaban seguros de encontrar una imprenta perteneciente a la organización Montoneros, que en realidad nunca existió. Y se llevaron a María Cristina, una joven militante de la Juventud Universitaria Peronista en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata.
Una vecina de la calle Pringles, venció el temor y fue hasta el policlínico ubicado a cuatro cuadras de distancia, donde María Kubik Markoff y su hija menor habían ido a visitar a la madre de Jorge Lefteroff, ahí internada.
Desde la antesala, la señora Gutiérrez le hizo señas a su amiga, para luego, una vez que la tuvo enfrente y tomándole los hombros, advertirle: “quédese tranquila, se la llevaron a María Cristina”.
Kubik Markoff corrió a su casa, pero Cris ya no estaba. El grupo de tareas que había visitado su vivienda no había robado nada, ni causado destrozos tampoco, pero sí habían descompuesto los teléfonos, buscando de esa manera que otros posibles “contactos” de la detenida no se pusieran al tanto de lo ocurrido.

La chica que no podía llorar
Una vez que se apagó la música de Balá, Kubik Markoff fue conducida al primer piso de la Brigada de Investigaciones de Quilmes, donde funcionaba el que sería conocido luego por sus sobrevivientes, como el centro clandestino de detención Pozo de Quilmes.
La mujer de 53 años fue depositada sobre una colchoneta sucia y gastada, de no más de un centímetro de espesor, sobre la que permanecería por casi doce horas hasta las tres de la tarde de ese mismo día, sin poder moverse, debido a su problema de salud. E incluso entonces, necesitaría de la ayuda de los guardias para poder incorporarse y salir al pasillo a comer.
Allí descubrió que había varias chicas en las demás celdas, y advirtió, además, que todas ellas eran muy jóvenes. Supo que podía comer sin la venda en sus ojos, pero le aclararon rápidamente que la regla era no mirar a sus custodios en el rostro.
Kubik Markoff generaba algunas sospechas en las demás mujeres del piso, dado que durante su estadía no la habían sacado del calabozo, como ocurría con todas, para llevarla a las sesiones de picana, o incluso las de “ablandamiento”, que se aplicaban en las primeras horas de la detención, y que consistían sencillamente en una fuerte golpiza. Siquiera preguntas por parte de los guardias recibía la mujer mayor, que optaba al mismo tiempo por guardar silencio todo lo que fuera posible.
Sin embargo, un día después de haber llegado al Pozo, desde su celda escuchó el llanto de Cristina. Desesperada, la mujer trató de comunicarse con la chica que estaba en el calabozo contiguo, muy despacio, de la única manera que podían intentar hablar. Quería saber qué pasaba, y se enteró por las palabras de su propia hija, en medio de un mar de lágrimas, que Cris había recibido una fuerte golpiza por parte de los captores, al punto que no conseguía ver.
-No se preocupe, señora. No llore. No le va a pasar nada a María Cristina, aunque esté así golpeada en la cabeza y no pueda ver –le contestó una voz del otro lado. Una voz que intentaba mostrarse consoladora y entera, pero que únicamente no se quebraba cuando las lágrimas se secaban por completo y ya no podía llorar.
Esa voz, era la voz de Silvia Mabel Isabella Valenzi, que para no volverse loca en el infierno que le tocaba vivir, y no dejarse vencer por el dolor, cuando no conseguía romper en lágrimas, llenaba los espacios con recuerdos.
-Yo tuve una vez un accidente con mi hermano -empezó a contarle a Kubik Markoff. -Me lastimé la frente. Me quedó una cicatriz, pero no me pasó nada. -le dijo.
Era justo el día que su hermano Mingo había comprado el Citroën, rememoró. Y había subido a su lado a mamá Concepción, y atrás a ella y su amiga Mónica Biancolini para llevarlas a todas a ver el chiche en funcionamiento. La alegría duró poco, y la interrumpió un choque, que no fue tan violento en realidad como las consecuencias posteriores lo hicieron aparecer.
Silvia se despertó en el hospital, donde habían quedado en observación con Mónica, y después permaneció algunos días en la casa de su amiga, para que la madre de esta cuidara de las dos.
Pero el rumor se había esparcido rápido, y los chicos del grupo, Jorge Lazarte y Jorge Valleto la fueron a ver enseguida, y la llenaron de preguntas. Querían confirmar si era cierto que Silvia había quedado tonta por el golpe, porque les habían contado que ella repetía una y otra vez que lo último que se acordaba era que se estaba limando las uñas en el asiento trasero del Citroën, y cuando se despertó fue recién en el hospital, sin recordar otra cosa.
Ahora, en su calabozo oscuro y estrecho, cuando no podía llorar, Silvia sentía que algo le oprimía en el pecho, la doblegaba la angustia, y hacía esfuerzos por estar bien, pero no lo conseguía, se agitaba.
Buscaba distraerse con sus propios recuerdos, y pensaba en el bebé que crecía dentro suyo, porque con eso conseguía llorar y sentirse mejor.
Kubik Markoff le repetía despacito lo que desde el otro calabozo le indicaba una detenida que era médica psiquiatra, le explicaba a Silvia cómo tenía que respirar, cuáles eran las mejores posiciones que podía adoptar en la incomodidad de una celda vacía de todo, donde sólo tenía una colchoneta insignificante.
-Tenés que tomar fuerzas, no dejarte caer ahora –insistía la mujer.
Silvia lograba reponerse, de a momentos, y entonces le contaba lo mal que se sentía, las torturas que le habían aplicado, la sensación que la picana provocaba en el cuerpo haciéndolo tensar al máximo en los picos de intensidad, cuando en cada fibra, en cada palmo de la carne sólo parecía sentirse un cosquilleo, para dar paso después al dolor, las marcas y las quemaduras.
De Carlos no hablaba. No porque las imágenes no ocuparan la mayor parte del tiempo su cabeza, sino por el temor que todavía persistía en ella: De la muerte de él era difícil tener dudas, pero tampoco podía arriesgarse a decir nada. Buscaba rescatar de él los momentos más íntimos, dejando de lado el compromiso militante, porque esas “instantáneas” de Carlos eran las que más la fortalecían.

Un régimen especial
La comida llegaba puntualmente todos los días entre las 3 y las 4 de la tarde, en recipientes plásticos, y se caracterizaba por su poca consistencia, y no pocas veces, por el exceso de sal o picante que la tornaba casi incomible para las detenidas. La situación se agravaba, además, porque el agua para beber era sumamente escasa.
Silvia, al igual que había ocurrido antes con otras detenidas embarazadas, y que pasaría en los años siguientes y en otros centros clandestinos de detención, recibía una ración mejor que el resto de las mujeres.
Estaba embarazada, claro, y debía alimentarse más saludablemente, dentro de lo que el régimen de degradación a que estaba sometida permitía. Pero no se trataba de un rasgo de humanitarismo por parte de sus captores, ni era una distinción, incluso de los integrantes de la “guardia buena”, como consideraban algunas de las presas a una de las tres de 24 horas que rotaban en forma permanente.
Los hombres de zapatos negros y pantalones azules del tipo policial, con camisas y camperas civiles no se habían compadecido de la chica de veinte años, que llevaba ya cinco meses de embarazo. En realidad, sólo cumplían órdenes, y las órdenes eran que el bebé tenía que llegar a nacer de la mejor manera posible.
El médico era el que impartía las instrucciones a los hombres que nunca usaban nombres sino apodos, y dejaba en claro que cuanto más bonitas fueran las madres, mayores debían ser los cuidados. Eso sí, no debía haber excesos y mostrar rasgos de compasión en ninguna circunstancia.
Cada vez que le tocada comer, sentada en el pasillo junto a las demás, al lado de la puerta de su calabozo, Silvia sentía otra vez ganas de llorar, y lloraba. Se preguntaba qué sería de su bebé en el futuro, si estaría detenida todavía cuando llegara el parto, y si era así, dónde daría a luz.

Sándwich que nadie quería comer
Alguna vez, comiendo, Silvia recordó aquella tarde en que habían sobrado los sándwich del Club de los Telefónicos, donde sus padres eran caseros, y a los que Jorge Lazarte1 y ella les habían pasado la lengua.
Concepción había llamado a todos los chicos de la barra para invitarlos a comer, y ellos dos había decidido jugarles una broma al resto, lamiendo cada uno de los emparedados, de un lado y del otro.
Si los comían, bien, y sino, quedarían para ellos, había sido la consigna tácita. Claro que resultó que después ni el propio Jorge se animaba con los que Silvia había lamido porque le daban asco, entonces ella podía aprovechar y comer a su antojo.
Puede que haya querido sonreírse, pero no se animara o no tuviera fuerzas para hacerlo. No podía levantar la vista del bol donde le habían servido la comida, y los ojos ardían por las llagas que la venda, que apenas podían correrse por un rato durante la comida, les habían producido.
A Jorge lo recordaba mejor de la época de noviazgo, porque él había sido su primer novio “en serio”, allá por el ’71, cuando tenía 15 años. Las otras imágenes, las que se habían incorporado después, cuando la vida y la militancia los habían ido distanciando, volviéndolos a juntar esporádicamente, o incluso aquellas de cuando lo visitaron en Avellaneda, con Camila, eran más difusas.
Para la señora de Lefteroff, que comía un poco más allá, Silvia era un enigma, como casi todas las otras chicas. Y si lo pensaba, sólo sabía que una de ellas se llamaba Norma Andreu de Robert, y de las demás podría enumerar algún que otro rasgo, pero nada más.
Silvia, en cambio, había despertado algo en ella. Tal vez porque estaba embarazada, o quizás porque en medio de su propio dolor interminable había juntado unas pequeñas fuerzas para consolarla cuando creyó que Cristina no podría volver a ver. Puede que hayan sido los ojos verdes, la piel increíblemente blanca.
Fuera lo que fuera, la imagen de esa chica menuda pese a su embarazo no se le olvidaría, como tampoco se le olvidaría que la conocían como “la Gata”. Y esos retazos del recuerdo que queden grabados en su memoria en apenas una semana de estadía en el infierno del Pozo de Quilmes, serán los que aporte luego en el Juicio a las Juntas que permitirá condenar a los responsables del horror.
Pocas serán, en cambio, las frases de Silvia que podrá Kubik Markoff de Lefteroff rescatar del pasado.

Usted se va, señora
María Kubik Markoff recibió el anuncio por parte de uno de los guardias, que le dijo que había conseguido lo que querían, que habían agarrado al pez gordo, porque su hija había colaborado.
Cristina estalló en llanto. Lloraba con desesperación, con locura, desgarrada, y entre sollozos le aseguraba a su madre: “me dijeron que si no hablaba te traían a vos y al abuelo”.
La mujer no entendía. No quería comprender, de la misma manera que no había podido dar crédito a las promesas de uno de los carceleros que juraba que el día que Cris saliera en libertad se casaría con ella, porque se había enamorado de los ojos grisáceos, del pelo castaño ceniza claro, y de su atlético metro setenta y dos de estatura.
Ya en libertad, y días después de que del mismo modo que se la llevaron volvieran a dejarla a la 1 de la mañana en su casa de Pringles 788, la señora de Lefteroff supo por una vecina que “el pez gordo” era un joven de apellido Rudy2, hijo de una modista, que había sido muerto por la policía.
Nunca más sabría nada la mujer acerca de su hija, e inútiles resultarían las recorridas por todas las cárceles del país, las gestiones en Trelew y en Rawson, donde coincidentemente una versión que le hicieron llegar y los anuncios de un vidente se encaprichaban en ubicar a la joven.

Haciendo cálculos
Había pasado poco más de un mes para cuando la mujer se fue. Día tras día, aunque no pudiera llevar la cuenta, minuto sobre minuto, Silvia vivía una agonía lenta y enloquecedora, donde no podía evitar sentir que cada vez se iba hundiendo un poco más.
Veía pasar a otras detenidas por esos calabozos. Iban y venían. Algunas estaban pocos días, otras se quedaban un poco más. Todas hablaban poco, comentaban lo menos posible, se escondían en el silencio como una forma de resguardarse. Y, sin embargo, los gritos llegaban hasta su celda cuando era el turno de cada una en la sala de torturas de la planta baja.
Escuchaba a las demás y se escuchaba. Volvía a sentir la picana como la había sentido en aquel primer momento, apenas la habían detenido, apenas había llegado a ocupar el calabozo.
Y porque dentro de lo indiferente que le era la escuela, la matemática estaba entre sus materias predilectas, hacía cálculos. De acuerdo con la fecha de la última menstruación, y si el embarazo llegaba al término de los nueve meses, su bebé tendría que llegar para junio de ese año.
¿Qué sería? Alguna de las chicas aseguraba que tenía que ser una nena, porque se le notaba en la cara y en las caderas, pero la mayoría no arriesgaba una opinión. Pero eso tampoco era importante, porque lo importante era estar bien, cuidar del bebé, y para cuidar de él... o de ella, tratar de estar bien. Una y otra vez se lo decía, se lo proponía, pero era más fuerte el dolor, la angustia.
Si esperaba para junio, y entonces debían estar a comienzos de febrero, según había dicho Cristina, tenía todavía casi cuatro meses por delante. Volvía a los cálculos. Y si estaban en febrero, quería decir que apenas había pasado poco más de un mes ahí encerrada.
No, no iba a poder soportarlo. No había forma, no encontraba el aliento que necesitaba. No tenía de dónde sacar fuerzas.

Llega Rosita
Cómo la necesitaba a Rosa, a su hermana, en esos momentos, cuando la panza se ponía dura. Estaba llena de dudas y de miedos. Desde los pasillos escuchaba las voces de los guardias, las risas ahuecadas como en muecas siniestras.
¿Quién podía decirle qué eran esos dolores? ¿Habían pasado ya los nueve meses? El tiempo parecía eterno, se le antojaban no meses, años ya los que llevaba ahí, con la venda apretando sobre los ojos, pasando frío aunque hiciera calor, con dolores de cintura, tirada sobre la colchoneta gastada.
¿Qué pensaría Mingo, su hermano Mingo si la viera? Se le había convertido en una figura paternal por la que se dejaba intimidar, pero a quien respetaba sobremanera. Mingo, que había ido a cubrir ese espacio que Silvia sentía que su padre no ocupaba.
El dolor cedía, y entonces era imposible no recordar ese día en que él llamó por teléfono al Club, y pidió que le pasaran el teléfono a Camila, para invitarla a tomar algo con unos amigos.
“Pero yo te dije, boluda, es un tipo grande”, repasaba sus propias palabras, casi como si acabara de pronunciarlas, y en verdad, aunque parecían dichas siglos antes, apenas habían transcurrido algo más de dos años desde entonces.
Camila se tomaba el trabajo de charlar con Domingo, de buscarle conversación para ayudarlo a abandonar su persistente timidez, pero jamás había imaginado que eso lo llevaría a pensar en segundas intenciones, sobre todo cuando el ya pisaba los treinta, y ella tenía apenas dieciocho.
Silvia esbozó una sonrisa. Una mueca apenas, como la sombra de la que alguna vez pudo ser una sonrisa en sus labios. El dolor volvió, y más intenso, y no pudo ahogar el grito, que se diluyó en una respiración cada vez más agitada, y volvió más tarde. Y se fue y volvió. Y se fue, y volvió otra vez, cada vez más seguido.
Desde los otros calabozos las chicas preguntaban, Silvia apenas si podía contestar. Entonces decidieron llamar a los guardias. Y estos, a su turno, lograron ubicar al médico de policía, que se presentó con su fina estampa, dejando una estela de perfume en el ambiente.
Dos o tres preguntas le bastaron a Jorge Bergés para hacer un diagnóstico rápido, por lo que pidió que se preparara un vehículo para trasladar a la detenida hasta el hospital de Quilmes, porque ahí no tenían las condiciones para atender un parto, y menos el de un bebé prematuro.









1-Jorge Lazarte forma parte de la lista de detenidos-desaparecidos. Su secuestro se produjo en la ciudad de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, el 17 de julio de 1977. tenía 23 años.
2-Testimonio de Kubik Marcoff en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). En el sitio web www.desaparecidos.org, se menciona el caso de una persona “de apellido o apodo Rudy, legajo en Conadep Nº 9874, visto en Pozo de Quilmes, y luego muerto, cuyo cuerpo habría sido entregado a su familia”.